Mentiras completas y verdades a medias



jueves, 19 de mayo de 2011

Llegó la confirmación


Comenté entre los amigos hace un par de semanas que, en breve y si los hados se ponían de mi parte, podría dar datos precisos acerca de una información de carácter editorial que me tenía bastante ilusionado. Nunca he sido de vender la piel del oso antes de cazarlo y salvo un par de amigos de estricta confianza, nadie sabía nada. Hasta hoy.

Con todo cerrado y firmado, me complace comunicar que gracias a las gestiones de mi maravillosa agente Cristina Salama se ha llevado a buen puerto una negociación con un grupo editorial ucraniano a fin de publicar mi obra en dicho país y en dicho idioma. ¿Cual de ellas? Ahí viene el «agárrate que vienen curvas». Toda. El acuerdo comprende publicar en ucraniano toda mi obra editada hasta la fecha. Tendremos pues ocasión de ver cómo suena en ucraniano El hombre que mató a Durruti, Muñecas tras el cristal y El documento Saldaña. Y en inmejorables condiciones de difusión ya que los textos serán publicados en dos fases: una, publicada por entregas en la prestigiosa revista Dnipro, una de las principales publicaciones culturales de Ucrania —lo que convierte en bastante respetable el número de potenciales lectores en ese idioma a alcanzar— y una segunda fase en la que se lanzará en formato tradicional para su venta en librerías.

No podía por menos que compartir la noticia con vosotros. Lo estaba deseando.

Я щасливий

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domingo, 15 de mayo de 2011

Se ha escrito un (micro)crimen

Me llama desde Cuenca el inefable Sergio Vera, amigo y supporter número uno de la Generación Torrezno para comunicarme que, a través de la página de su club de lectura de novela criminal Las casas ahorcadas ha puesto en marcha un certamen literario consistente en concluir en menos de 500 palabras el capítulo final de una micronovela colectiva escrita a varias manos —en la cual tuve el honor y el placer de participar con el tercer capítulo de la primera temporada— que viene redactándose desde hace algunos meses. Como sin duda alguna él puede explicarlo mejor que yo, os aconsejo que os paséis por aquí y echéis un vistazo por si os pudiese interesar.

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martes, 8 de febrero de 2011

Maestros

Los lectores estamos de enhorabuena. Un año después de la extraordinaria e inquietante El humo en la botella, Juan Ramón Biedma, ese monstruoso escritor —en el más amplio sentido del término—, regresa para regalarnos otra joya nacida de su peculiar universo literario. Antirresurrección. En esta ocasión la cosa va de zombies aunque, tratándose de quien se trata, sería justo precisar que es una novela de zombies de Biedma, con todo lo que ello supone y conlleva. Quien espere encontrar el imaginario habitual de este tipo de historias que vaya desechando la idea. Nada de referencias explicitas o veladas a una posible hecatombe que convierte a la gente en muertos andantes. Ninguna explicación sobre el proceso, mutación sufrida o su génesis. Nada de mundos postapocalípticos madmaxianos donde impera la ley de superviviente que vive y lucha en soledad deambulando por un medio hostil. Ni falta que hace, oiga. El ambicioso planteamiento que nos ofrece Biedma va mucho más allá al obviar —con excelente criterio me atrevería a decir— como eje de la trama el origen y la causa de los walking dead y centrarse en las posibilidades que plantea una sociedad en la que estos existen, sin más, de la misma manera que existen los funcionarios o los habilitados de clases pasivas. Una sociedad en la que los muertos vivientes, a modo de casta o grupo social, forman parte de ella y conviven con el resto de los ciudadanos, que sobrellevan como pueden sus peculiares modos y modismos y su machacona e insistente manía por comer carne humana. Un original planteamiento que me recuerda al de aquella película de los ochenta, Alienation, en la que lo trascendente de la historia no consistía en averiguar el motivo subyacente tras la visita de los alienígenas ni sus intenciones sino que jugaba de forma inteligente con el concepto de "Y una vez que están aquí, ¿qué?" tratando de mostrar el día a día de una sociedad compuesta por humanos y extraterrestres conviviendo en una armonía sólo aparente. En un planteamiento similar consiste el clarividente punto de partida de Antirresurrección. El Apocalípsis ha llegado y con él, los zombies. Bien. Y ahora, ¿qué?. Pues el ahora que Biedma trata de mostrarnos termina por ser una novela negropolicial ambientada en Sevilla, bastante canónica a pesar de las peculiaridades del contexto en el que se desarrolla, en la que sus dos protagonistas, un policía y una detective privado, personajes torturados made in Biedma como no podía ser de otro modo, luchan por esclarecer una serie de crímenes presuntamente cometidos por un homicida en serie, por combatir el delito imposible que supone la persecución de un criminal que asesina en una sociedad en la que una gran parte de sus integrantes ya están muertos. ¿Les he dicho ya que Biedma es genial?

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viernes, 21 de enero de 2011

El tamaño sí que importa

Desde el pasado mes de diciembre, Carlos Salem, agitador cultural y canalla a tiempo completo, viene organizando semanalmente una serie de peculiares jornadas que, bajo el genérico nombre de JAM SESSIONS, aglutinan una serie de eventos de lo más variopinto e interesante. Son jornadas públicas y abiertas, orientadas a todo aquél que sostiene tener algo interesante -literariamente hablando- que decir. Uno se presenta allí con sus textos, se apunta a una lista y cuando le toca el turno dispone de la ocasión y la opción de leerlos en público para poder captar y evaluar la aceptación de los mismos. A pesar de ser suya, hay que reconocer que la idea es cojonuda. Los eventos se celebran en torno a las 21:00 en el bar Los Diablos Azules (C/ Apodaca, 6 – Madrid) los martes (día dedicado a la poesía) y los miércoles (día dedicado a la microficción) y cada una de las jornadas suele contar con la presencia con un autor invitado. El amigo Salem ha cometido la imprudencia de convocarme como autor invitado el próximo 26 de enero. Allá él. Pero pongo el hecho en conocimiento de todo aquél que pudiese estar interesado en asistir. Ese día o cualquier otro.

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martes, 30 de noviembre de 2010

Iniciativas culturales

Si hay algo que, con relación al ámbito cultural, me gusta de Madrid es que nunca deja de ofrecer iniciativas. Pero esa virtud no reside sólo en la ciudad. El auténtico mérito suele provenir de la gente que la habita y que presta su esfuerzo y su tiempo con el fin de avivar esa llama que nunca debería apagarse. En esta ocasión se trata —una vez más— de Carlos Salem, agitador cultural por derecho propio e incansable auspiciador de interesantes eventos literarios. Con la colaboración del bar literario Los diablos azules, Salem ha decidido organizar y coordinar, a partir del próximo 7 de diciembre, una serie de veladas literarias todos los martes y todos los miércoles en las que se dará cancha y espacio a la poesía y al microrrelato respectivamente. El proyecto es tan sencillo como atractivo, tan simple como efectivo ¿Tienes algo que decir, algo que contar y quieres que los demás lo escuchen? Apúntate. Sólo apúntate. El resto sólo depende de ti.

Ayudemos a que este tipo de iniciativas maduren, crezcan y se asienten como merecen. Me consta que, en caso de buena aceptación, la propuesta irá creciendo gradualmente con proyecciones de videopoesías y, posiblemente, transmisión en directo de los eventos a través de Internet mediante stream. Pero para ello necesitamos la colaboración de todos para que el proyecto se asiente y encuentre su sitio. Y ahí es donde tú entras en juego.

En tus manos queda.
















[Pincha en los carteles para ampliarlos]

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sábado, 27 de noviembre de 2010

Eterna deuda

Siempre he defendido la idea de que, cuando uno escribe, además de por la propia satisfacción que conlleva el desarrollar una historia partiendo de la nada, lo hace para ser leído. Que el mero deseo de plasmar en papel, negro sobre blanco, aquello que te pasa por la cabeza lleva implícita la búsqueda de un cómplice que quiera participar contigo en ese mismo juego que tanto placer te produce. Otros, quizá, albergarán distintos motivos, tan loables como discutibles. Pero esos son los míos. Y nunca lo he ocultado.

Cuando uno ha puesto en la calle tres novelas y lo ha hecho con cierto —aunque moderado— éxito, ya no se es ese letraherido diletante que vive inmerso en la duda de si sus textos serán del agrado del lector al que van destinados. En la duda de si se es o no capaz de encandilar al auténtico destinatario del esfuerzo realizado y hacerlo con cierta solvencia. Con tres textos publicados parece que uno tiene algunas cosas menos que demostrar y otras cuantas ya demostradas. Pero sólo lo parece. Cierto es que la experiencia te permite andar con paso algo más firme y seguro pero, día a día, tras cada nuevo escrito al que te enfrentas, nunca termina por desvanecerse del todo esas dudas que te asaltaban cuando aún eras inédito y, salvo tu círculo más cercano, nadie había leído lo que tu habías escrito. Cada nuevo texto es un reto renovado, un paseo por la cuerda floja en el que nunca estás seguro de no caer al vacío. Uno duda y no hay mal en ello. La duda te mantiene vivo, vigilante y alerta. El problema no es la duda. Es la incertidumbre. La inseguridad que provoca el hecho de que sepas a ciencia cierta que eres capaz dar más de ti y que debido a decenas de espurias —las más de las veces— razones quizá no tengas ocasión de volver a demostrarlo. Al menos, una vez más. El miedo a no poder volver a contar con la complicidad de ese amigo que, con el paso del tiempo, ha ido formando parte de tu vida.

Por ese motivo, cuando uno obtiene, como ha ocurrido hoy, un galardón como el Premio internacional de novela ‘Luis Berenguer’, el motivo de felicidad es doble. O triple. El primero, el más simple quizá —pero no por ello el menos importante—, es la recompensa económica. El segundo, el reconocimiento ajeno de que, a pesar de tus dudas, quizá haya algo que no estés haciendo mal del todo. Y el tercero, quizá el más significativo, es la posibilidad de poder llegar de nuevo a los lectores, a esos amigos para los cuales escribes y que en gran medida, con su apoyo y su aliento, son los auténticos responsables de que tú sigas ahí, acumulando una deuda de gratitud difícilmente subsanable.

Y por ello aquí estamos y aquí seguimos. Tratando de abonar esa eterna deuda.

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miércoles, 13 de octubre de 2010

Desfacer un entuerto

Hace un año explicaba en estas mismas páginas una curiosa circunstancia relacionada con mi novela El hombre que mató a Durruti. En pocas palabras —y para los perezosos que obviarán pinchar en el enlace— me encontré en una revista editada por GEFREMA, asociación de indiscutible seriedad, un artículo que desgranaba las distintas hipótesis existentes acerca de la muerte de Buenaventura Durruti y argumentaba yo —con algo de sorna, no voy a negarlo, pero sin excesiva malicia— la asombrosa perplejidad que me supuso el comprobar que las bases sobre las que se asentaba el artículo, firmado por Raúl C. Cancio, se asemejaban sospechosamente y hasta límites extraordinarios a las expuestas por mí cinco años atrás en la trama de mi novela. Como conocía la sobrada y merecida buena fama del GEFREMA y su buen hacer, no quise incidir demasiado en el asunto, pero no pude evitar dejar constancia de él. Y así quedo la cosa.

Hoy se ha puesto en contacto conmigo el autor del artículo, el señor Cancio. Me ha comentado que ha leído de forma casual la mencionada entrada y me ha dado su palabra de honor de que, en el momento de la redacción de su artículo, desconocía la existencia y el contenido de mi novela, aludiendo que todo ha de deberse al acierto mutuo de conjeturar ambos a partir de las mismas hipótesis y premisas, lo cual afianzaría la validez tanto de su teoría como de la mía. Y yo le creo. Quizá pueda parecer tonto o ingenuo mi razonamiento, pero alguien dispuesto a empeñar su palabra de honor, aparte de honrarle el gesto, merece ser tenido en la consideración adecuada. El señor Cancio podría haber actuado de muchas otras formas. Podría haberme puesto de vuelta y media y haberme llamado de todo menos bonito —algo tan común a día de hoy en los ámbitos internáuticos—. Sin embargo, y con la mayor educación del mundo, me ha dicho que, a falta de otro refrendo que aportar, me ofrece su palabra de honor. Y sólo por eso y porque me parece de ley, le creo. A pies juntillas.

En ocasiones da gusto recibir ciertos correos. Te hace constatar que no todo se ha perdido en estos días inciertos.

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jueves, 30 de septiembre de 2010

More good news

Bueno, ya es oficial. Creo que ha llegado el momento de desvelar algo que hasta ahora sólo había comentado en petit comité. Mi maravillosa agente, Cristina Salama (un beso, Cris) ha cerrado un acuerdo con una prestigiosa agencia literaria afincada en Italia (Berla & Griffini) para la representación de sus autores en el ámbito internacional. Como primer paso, los autores de Cristina —entre los que tengo la fortuna de contarme— estarán representados en la Feria del Libro de Frankfurt 2010, uno de los mercados de derechos literarios más importantes, que se celebrará la semana que viene. ¿Saldrá algo bueno de todo esto? Espero que sí. Es pronto para decirlo aún, pero las perspectivas son inmejorables. Y los profesionales de Berla & Griffini muy buenos en lo suyo, según ha llegado a mis oídos. No hay más que echar un vistazo a la cartera de autores y agencias a los que representa.

Quedan algunas muy buenas noticias en el cajón, pero, salvo honrosas excepciones, nunca he sido demasiado partidario de vender la piel del oso antes de cazarlo. Ya contaré cuando toque.

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miércoles, 8 de septiembre de 2010

Prison Read

El pasado fin de semana, a instancia de nuestro querido amigo Sergio Vera —también conocido entre nosotros de forma coloquial como El cabroncete de Cuenca—, el afamado escritor Jerónimo Tristante y un humilde servidor de ustedes fuimos invitados a participar en un acto literario promovido por el club de lectura «Prison Read» integrado por el colectivo de presos de la cárcel de Cuenca del cual Sergio es coordinador. Según tengo entendido, el nombre fue sugerencia del propio Sergio. Con ello entenderán ustedes algo mejor la precisión del coloquial apelativo antes mencionado.

Para el Jero y para mí era la primera experiencia dentro de un centro penitenciario —por mucho que las malas lenguas y las gentes del Facebook apunten lo contrario—. Acudí a la cita con expectación y sin saber qué iba a encontrarme exactamente. Lo único de lo que tenía constancia era de que, en las semanas previas, el club había programado la lectura de todas mis novelas. Por vez primera en mi vida iba a enfrentarme y contrastar opiniones con un auditorio de lectores que habían leído TODO lo que yo había publicado. Un servidor, que no es que sea alguien particularmente mal pensado pero que le gusta ponerse en situación en todos los escenarios posibles, se enfrentó al acto programado con cierta caución, sospechando que, quizá, el hecho de que el pertenecer al club de lectura concediese ciertos —escasos, pero algunos— beneficios penitenciarios hubiese primado sobre el entusiasmo lector de tan heterogéneo grupo y que el publico asistente estaba allí «porque tenía que estar» y que, quizá, se la soplaba lo que un humilde servidor de ustedes hubiese escrito o dejado de escribir.

Lo que me encontré superó con creces todas mis expectativas. Hasta las más optimistas.

Debatir sobre cuestiones literarias con una sala repleta en la que TODOS los presentes se conocen al dedillo tus personajes, que han disfrutado recreando las situaciones planteadas en tus textos, que los han leído con placer —unos más que otros, supongo—, que plantean matices, enfoques y preguntas en las que muchos lectores autoconsiderados avezados ni siquiera repararían aun releyesen la obra decenas de veces. Conversar con gente que, dentro de sus modos y maneras —algunas más rudas que otras—, te trata con un respeto reverencial, con deferencia extrema, con una exquisita cortesía... Descubrir en los ojos de tus interlocutores, acostumbrados a contemplar las situaciones más crudas, salvajes y demoledoras de la vida, un brillo de noble agradecimiento, tan intenso como sincero, por el simple y banal hecho de que tú hayas acudido hasta allí —otra forma no es posible. Más lo sienten ellos, supongo— a conversar de esos textos que les han ayudado a que el tiempo, ese tiempo carcelario que siempre se dilata en exceso, se les haya hecho más breve —o, al menos, más llevadero—... Todo eso... Todo ello... ha resultado ser una de las más gratificantes experiencias que este humilde artesano de las letras haya podido disfrutar nunca. De las que no tienen precio. Para todo lo demás, Mastercard.

Y, en gran medida, todo ello, tanto los «de dentro» como nosotros, «los de fuera», se lo debemos al tesón y la calidad humana de Sergio, de quien, si no fuese un cabroncete, hasta podríamos decir que es una persona excepcional.

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viernes, 3 de septiembre de 2010

Los viejos románticos nunca mueren

Me resulta tan inconcebible como entrañable que, a día de hoy, en un tiempo en el que suele primar ese desagradable desapego social hacia lo antiguo y lo caduco, aún quede alguien que crea en las posibilidades de un negocio como una librería de viejo y se decida a ponerlo en marcha y sacarlo adelante. Librería Alzofora. Están el Alcorcón, en la calle de la huerta, núm. 2 (al lado del antiguo Jualgo, a la entrada del viejo mercado). Y hasta tienen página web con catálogo online. Y aceptan pedidos a través de ella.

Parece ser que aún queda un pequeño reducto de bravos románticos. Como los galos de Asterix. Brindo por ellos. Y porque no se agoten.

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martes, 31 de agosto de 2010

Microrrelato

Nunca me he sentido particularmente cómodo en el ámbito del microrrelato. Es un territorio que me causa excesivo respeto. Todo el mundo puede escribir un texto breve, pero hay que ser realmente bueno para hacerlo bien. Pero, de cuando en cuando, algún benevolente amigo te dice que ese que has escrito es bastante potable y decide incluirlo en su excelente blog dedicado a las minificciones.

Perdónalo señor…
-oOo-
Imposible fallar

Su ancestral enemistad les había llevado a enfrentarse en aquella locura perversa. Ruleta rusa non stop. Reglas extremas. Una única bala agazapada en el tambor de un revólver y una sucesión de rondas alternativas hasta dar con ella. Seis disparos máximo. Sólo uno de los dos contendientes saldría de allí con vida.

Tras el quinto intento, su adversario depositó el arma sobre la mesa al tiempo que esbozaba en sus labios una sonrisa triunfal. Jaque mate. El siguiente disparo sería el definitivo. Resultaba evidente quién había resultado vencedor. Con gesto desconcertado tomó el revólver, lo sostuvo entre las manos y lo observó como si aún no fuese capaz de creer lo que el Destino acababa de poner en ellas.

Para sorpresa de los presentes, alzó el revólver, apuntó hacia la cabeza de su contrincante y disparó.

La suerte había estado de su lado. En aquellas circunstancias resultaba imposible fallar.

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domingo, 11 de julio de 2010

Montero Glez


Lo conocí hace años a partir de una referencia de un amigo que había leído sus novelas. Lo primero que cayó en mis manos fue su Cuando la noche obliga y quedé absolutamente fascinado por la épica de sus palabras, por ese juego lírico que se te enreda entre los recovecos de la mente y las costuras del alma y te hace delirar como una perra en celo. Una prosa bronca, ruda, ausente de disfraces o alardes pero plena de vida, de belleza, de matices imposibles para alguien que no escriba con la pasión con la que él lo hace. Fue un auténtico descubrimiento. Comencé a visitar de forma asidua su página web donde mantenía —y sigue manteniendo— una peculiar relación con sus lectores, con sus admiradores e incluso con sus detractores. Recuerdo con placer y añoranza haber disfrutado mucho con su desaparecida sección El Rabiadero donde literalmente destrozaba a todo cabrón que se cruzaba en su camino —que no fueron pocos—. De ahí, de mis visitas a su página web, surgieron los primeros contactos. Y fue creciendo el respeto, me gusta pensar que mutuo. Y la constatación de los amigos comunes —el gran Miguel Baquero—. Y tuve el enorme privilegio de ejercer de presentador, conductor y contertulio en la puesta de largo en Madrid de Pólvora negra, premio Azorín 2008, su novela más completa y controvertida hasta el momento.

De aspecto flaco, duro, curtido y mirada torva, algo esquiva al primer asalto, su imagen de peligroso se viene abajo en cuanto tienes la fortuna de traspasar esa primera coraza, entrar en su terreno y disfrutar de la calidez de sus palabras y su presencia. De contemplarlo tal como es, sin dobleces, prejuicios ni medias tintas. Porque si hay una palabra que pueda definir a Montero Glez —tarea casi imposible—, esa es «auténtico». Montero es una rara avis. Un último mohicano en un mundo —el literario— donde la complacencia y la pleitesía, aún siendo moneda de uso común, es una divisa que el amigo Montero no trabaja. Y de ahí, quizá, provienen gran parte de sus males y la etiqueta de conflictivo tan arbitrariamente —o no. La arbitrariedad siempre depende del ojo de quien la denuncia— concedida. En cualquier caso, para bien o para mal, Montero Glez sólo es Montero Glez. Así. Como única etiqueta. Sin aditivos ni conservantes. Y esa quizá sea la razón por la que muchos lo apreciamos. Y respetamos.

Este mes, la revista Standdart publica una entrevista que le hace justicia. Una entrevista en la que, además de la habilidad del entrevistador, se reconoce sin lugar a dudas la casta del verdadero Montero Glez. Mi consejo es que no te la pierdas, máxime cuando puedes leerla online

Es un placer conocerte y compartir gustos y perspectivas contigo, Monterito. Nos vemos en el camino. Mientras tanto, sigue haciéndonos disfrutar con lo tuyo, con lo que tú sabes hacer como nadie. Con esa Pistola y Cuchillo próxima a publicarse y que algunos andamos ansiando desde hace ya un tiempo.

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viernes, 9 de julio de 2010

Disfrutad, disfrutad, malditos

Maldita sea. Este año no pudo ser. Por razones que no vienen al caso, me ha sido imposible asistir a la ineludible cita anual que todo juntaletras de ánimo retorcido, vocación pendenciera e inspiración negrocriminal anhela por estas fechas. ¿Que cuál es el motivo de mi desazón? Es difícil de explicar. Si no se ha vivido ni sentido nunca, el tratar de argumentar qué es, qué se esconde y qué subyace tras el espíritu que imbuye a la Semana Negra de Gijón resulta harto complicado. Quizá sea el buen hacer de sus gestores. O quizá lo fascinante de agrupar en un mismo lugar y tiempo a la mayor parte de referentes de los que tú, como lector que eres, además de autor, sueles disfrutar. Que los autores también somos mitómanos, oiga. O quizá sea el cariño que la organización pone en cada uno de sus detalles para que te sientas como un Gagney cualquiera, «...en la cima del mundo, mamá…». O el ambiente lúdico que prima en todo momento, en todo rincón, sin pausa ni descanso, durante diez días que se te hacen eternamente breves. O quizá lo grato de encontrarte rodeado de una panda de golfos, cierrabarres y sinvergüenzas, algunos de ellos viejos amigos y otros, nuevos amigos por conocer, con los que no cesas de compartir inquietudes y complicidades. Que disfrutan con lo que tú disfrutas, que ríen con lo que tú ríes y que comprenden lo que a muchos otros, con los que compartes tu vida el resto del año, les cuesta tanto comprender...

Lo confieso. No lo sé. No sé de qué se trata. No sé qué es. Tampoco tiene mayor relevancia. No tiene ningún sentido quebrarse la cabeza. Lo único seguro es que me gustaría estar allí, disfrutando de todo lo argumentado. Este año no ha podido ser, pero sé que volverá a ser posible. Es lo que tiene el auparte aunque sólo sea una vez al Tren Negro, ese vehículo del averno que, no me cabe duda, algún día volveré a tomar: que una vez abandonada la estación de la que partiste, estarás irremisiblemente perdido. Para siempre.

Mis mejores deseos, compañeros. Tomaos en la terraza del D. Manuel un whisky a mi salud. Y disfrutad. Disfrutad, malditos.

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lunes, 14 de junio de 2010

Feria del libro de Madrid. Último round

El viernes por la tarde, el escritor Jerónimo Tristante celebró un encuentro con los lectores en un lugar de excepción: el auditorio del Museo del Romanticismo de Madrid, abierto de nuevo al público recientemente tras una excesiva e indeseada clausura para su rehabilitación. Un servidor albergo el honor de ser invitado en calidad de presentador e introductor del acto y allá que nos fuimos. El evento, que congregó a viejos amigos y conocidos —la gente de los foros literarios AbreteLibro y ForoLibro, el autor Jorge Magano, el escritor y cronista de la actualidad literaria madrileña Armando Rodera (este chico tiene el don de la ubicuidad)...—, transcurrió en un ambiente cómplice, ameno y distendido donde Jerónimo demostró sus tablas y su buen hacer a la hora de meterse al publico en el bolsillo. Se desvelaron diversos aspectos de su obra y se hizo especial hincapié en su trilogía protagonizada por el detective Víctor Ros, de la que Jerónimo acaba de publicar su última entrega, la más que recomendable El enigma de la calle Calabria. Tras la charla y la preceptiva ronda de preguntas, la gestora del Museo, la diligente y encantadora María Jesús, tuvo la deferencia de invitarnos a los presentes a un recorrido a puerta cerrada por el museo. Tras la visita he de confesar que su prolongado cierre, aún habiéndose demorado más de lo deseable —guardo una entrañable y divertida anécdota al respecto ocurrida durante la redacción de El documento Saldaña—, está plenamente justificado. Los responsables del museo han llevado a cabo una impecable labor de restauración y reorganización de contenidos, convirtiendo la visita a este excepcional palacio de finales del siglo XVIII en algo no sólo recomendable sino absolutamente imprescindible.















[fotografías: Jerom Ferrández]

Terminado el evento y tras una cervecita rápida con los asistentes, me dirigí a la fiesta que cada año organiza el grupo Planeta con motivo de la clausura de la Feria del Libro de Madrid. Un encuentro que, junto con la fiesta de El Mundo y la de Random House Mondadori, se ha convertido en uno de los más clásicos «can't miss» literarios de la capital —¡tóma ya!, redactando como si esto fuera para Vogue—. La ocasión perfecta para reencontrarme con viejos y queridos amigos a los no tengo ocasión de frecuentar tan a menudo como me gustaría. Nada más llegar me encuentro con la dicharachera Isabel Camblor, con Francisco Valbuena y con el director de Culturamas, mi viejo amigo Javier Vázquez Losada. También me encuentro con mis queridas Gloria Fernández Rozas y con Isabel Martín, que publica una novela por estas fechas titulada La curandera de Atenas de la que me han asegurado que es canela fina. Y con mi apreciado Javier Puebla que, para la ocasión, había cambiado su impenitente sombrero por una gorra y estaba cuasi irreconocible —parece una tontuna pero es rigurosamente cierto—. Durante la velada me presentan a Manuel Francisco Reina —un tipo realmente encantador— y tengo ocasión de intercambiar saludos y unas palabras, entre otros, con David Torres, Nacho del Valle, Fernando Marías, Marta Rivera de la Cruz y de darle un abrazote y mi más efusiva enhorabuena a la guapísima Vanessa Montfort, flamante ganadora tan solo un par de días antes del premio Ateneo de Sevilla. Cumplido el objetivo, me retiro discretamente con destino a otra cita: en un restaurante cercano cenan los asistentes a la charla del Museo del Romanticismo antes mencionada acompañados por Juan Ramón Biedma —que ha acudido a Madrid para promocionar su última novela, la excelente El humo en la botella— y el golfo de Carlos Salem. No puedo marcharme a casa sin, como poco, pasarme a saludar a todos los miembros de la Generación Torrezno reunidos al fin tras tanto tiempo, asumiendo lo que eso supone. Lo que supuso. Acabar a las dos de la mañana en Los diablos azules degustando uno de los mejores gintonics —Emilio's se llamaba el combinado— que me han servido nunca.

Qué sufrida es la vida del novelista.

A la mañana siguiente toca jornada pululando por los stands Feria del Libro y serias promesas de pasarlo mejor que bien. Por desgracia, el tiempo no acompaña y caen chuzos de punta desde muy temprano. Nos pasamos por la caseta de Salto de Página donde firma un sorprendentemente entero —el último gintonic de la noche anterior me lo tomé con él— Carlos Salem. Justo al otro lado del paseo firma un atribulado Tristante al que los lectores que ya tenía arremolinados frente a la caseta le han huido a consecuencia del último chaparrón. Tras saludar a ambos dos me encamino hacia la caseta de Estudio en Escarlata donde firman Biedma y el genial Óscar Urra. La feria, floja, y la lluvia, que no cesa. A las dos y media se termina la sesión de firmas de la mañana y nos marchamos todos juntos a comer acompañados por nuestra respectiva parentela y por algunos amigos sumados a última hora —David Bakerman Panadero, Rubén Sánchez Trigos, Cristina Bronte...—. Ya en el restaurante se nos une la visita más esperada de la jornada, recién llegada del mismo Cuenca: Sergio Vera, de quien ya he hablado en otras ocasiones en este blog, acompañado por su padre, José Ángel. Mesa, sobremesa y tarde de risas, copas y más risas —y más copas— a las que se sumó a última hora Eduardo Melón. Menuda caterva de golfos y sinvergüenzas. Casi nos tienen que echar del restaurante y si al final no resultó necesario fue debido a que alguno de los presentes firmaba esa tarde y como para esas cosas son muy serios y profesionales, nos marchamos de allí motu proprio. Una vez de vuelta a la feria y mientras el resto de bandarras del grupo firmaban lo que podían, yo pasé la tarde en compañía de los conquenses. Estuvimos saludando al siempre cordial Lorenzo Silva —autor por quien Sergio alberga una gran estima ya que sus obras fueron las que le iniciaron en la novela policiaca— y ya a punto de marcharse de vuelta al terruño, El niño de Cuenca —estupendo nombre para un torero— pudo poner la guinda a su visita a Madrid gracias al encuentro casual con uno de sus autores más admirados: David Jasso —un tipo encantador, sencillo y cordial donde los haya al que asaltamos en mitad del paseo y poco menos que secuestramos para que Sergio pudiese conocerlo—. Tras la marcha de los de Cuenca y el término de la sesión de firmas de la tarde por parte de aquellos que estaban obligados a ello por contrato, procedimos a tomarnos un momento de relax antes de dar por concluida la jornada ¿Dónde? En una cervecería cercana, como mandan los cánones. Y para allá que nos fuimos, acompañados de —otra vez— nuestras respectivas parentelas, Biedma, Tristante y un servidor en compañía de una popular escritora que se unió al grupo y cuyo nombre omitiré ya que prefiere permanecer en el economato —debe ser que no le gusta que se sepa que anda con según que gente. La verdad es que no me sorprende. Yo, si pudiese, también lo haría— . Así, de esta bucólica manera, entre cervezas y raciones de chopitos degustadas hasta altas horas de la madrugada, dimos por terminada la extenuante jornada con la que, para mí, concluyó esta edición de la Feria del Libro —el domingo no pude asistir a la feria por compromisos de otra índole—. A la espera de la siguiente. Un año más. Hasta el año que viene.

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lunes, 7 de junio de 2010

Feria del libro de Madrid. Segundo round

El sábado por la tarde tuve el inmenso placer de ver debutar a mi querida amiga Irene Mora quien, con su excelente primera novela La pluma de Monteverdi, se estrenaba en estas lides de la firma de ejemplares. Lo cierto es que no le fue nada mal y firmó más ejemplares que algunos autores de casetas aledañas. Me alegré mucho. Le tengo ley a esta mujer que sabe transmitir ambientaciones históricas como muy poca gente es capaz. Tras saludarle y desearle la mejor de las suertes, Cristina —mi agente— y yo fuimos a dar un paseo y a saludar a los amigos. Estuvimos con Domingo Villar, que firmaba a diestra y siniestra su estupenda La playa de los ahogados, y disfruté del inesperado encuentro con Ana Pérez Cañamares y Manuel, a quienes hacía siglos que no veía. También estuve hablando un rato con Pablo Mazo en la caseta de Salto de Página. Su primera incursión en la Feria del Libro de Madrid parece estar yéndoles de maravilla. Lo cual no me sorprende a la vista de su excelente catálogo. Continué con la visita obligada a la caseta de Estudio en Escarlata donde José Ramón Gómez Cabezas firmaba ejemplares de su novela Réquiem por la bailarina de una caja de música —cuando se dice que la novela negra, la buena novela negra, esta viviendo un momento glorioso, no es en vano. Éste es un gran ejemplo— y donde adquirí un ejemplar de El asedio de Arturo Pérez Reverte con el ánimo (iluso) de volver al día siguiente por la mañana para que me lo firmase. Cumplidas las tareas de esa tarde, tocaba descanso y me senté en una de las terrazas del recinto donde había quedado para compartir una cerveza y un rato de charla con mis queridos Guzmán Alonso y Miriam a los que también hacía tiempo que no veía. El problema es que Guzmán tiene más peligro que Leire Pajin en una conjunción planetaria y el rato de cervezas y charla se convirtió en peregrinación de bares y sesión de risas, anécdotas y cervezas fresquitas que duró hasta las dos de la mañana. Exactamente hasta la hora en que nos echaron del bar porque cerraban. Pero lo disfruté de cojones, a qué negarlo.

El domingo me levanté todo lo temprano que pude —que no fue mucho— con ánimo de acercame a la firma de Pérez Reverte. Auguraba una larga fila de lectores ya que el susodicho llevaba doce años sin acudir a la Feria, pero me dije: «Bueno, todo será que tenga que pasarme casi toda la mañana». Fui demasiado optimista en mis previsiones. Sin duda alguna, en esta edición, Pérez Reverte es el que la tiene más larga. Tras aguardar 40 minutos de reloj en una fila en la que parecía que regalaban algo y haber avanzado apenas unos pocos metros en ese tiempo, fui consciente de que regresaría a casa sin el garabato en cuestión. No hay mal que por bien no venga. Abandoné la fila —para el presumible alborozo de los que aguardaban tras de mí. «Uno menos», supongo que pensarían— y fui a saludar a mi estimado Oscar Urra que se estaba hinchando a firmar ejemplares de sus dos novelas protagonizadas por Julio Cabria. Tras el saludo y una cervecita, vuelta a casa, a pasar una tarde introspectiva, en calma, recogimiento y meditación.

En resumen: fin de semana a ritmo tranquilo en el que tuve ocasión de —o al menos lo intenté— reponer fuerzas para lo que será el evento universal del siglo —o, al menos, del próximo fin de semana— : la ansiada y esperada reunión de los miembros fundadores de la Generacion Torrezno. Pero eso lo contaré en el próximo round. Si sobrevivo.

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domingo, 30 de mayo de 2010

Feria del libro de Madrid. Primer round

Este año, la feria se inicia para mí un día antes de su comienzo oficial. El pasado jueves se presentaba en Madrid La estrategia del agua, última —y estupenda— novela de Lorenzo Silva. Al acto, que tuvo lugar en los jardines de Cecilio Rodriguez, acudieron un amplio elenco de altas personalidades empezando por la plana mayor de la Guardia Civil y finalizando por el mismo alcalde, Ruiz Gallardón. Y yo. Yo también estuve. Obviamente, mi categoría y rango no me permitió acercarme a tan magnos e ilustres visitantes, pero lo pasé de miedo conversando con apreciados colegas como Javier Puebla y el propio Lorenzo, y viejos y no menos apreciados amigos del foro de Lorenzo Silva como Twina, Dafne, Lydia y Etéreo. También anduvo por allí la avispada aprendiz de periodista Elena Rosillo que ha publicado en su blog una excelente crónica, mucho más interesante que lo que pueda contar yo por aquí.

El viernes, la fiesta de El jardín de las letras, convocada por El Mundo y La esfera de los libros, evento con el que tradicionalmente se da el pistoletazo de salida a la Feria de Madrid. Llegué algo tarde por circunstancias que no vienen al caso. Muchas caras conocidas y placentero reencuentro con viejos amigos a los que hacía mucho tiempo que no veía: Félix G. Modroño, Víctor Fernández Correas, Begoña Minguito, Silvia Pérez Trejo, Alfonso Ruiz de Aguirre, Irene Mora… Charlas interesantes en torno a un tema común: está la cosa muy malita, también referido como ¿qué coño está pasando en el mundo editorial? Las dificultades para publicar —¿será la manida crisis?— son patentes para la mayoría de autores que conozco, alguno de ellos no sólo consagrados sino que además cuentan con textos de impecable factura. La noche termina diluyéndose entre whiskys y grupúsculos de conspiradores. Muchos de los presentes comienzan a marcharse para empalmar con la fiesta de CONTEXTO, una agrupación de editoriales surgida con el fin aunar esfuerzos. Yo me tomo la última copa y me marcho para casa. Cada día tiene uno menos edad para ciertos jaleos.

Sábado por la mañana. He quedado para comer con Celia Santos, alma mater de la web literaria masquepalabras.info —con la que había coincidido sin pretenderlo la noche anterior en la fiesta de El Mundo— y con algunos de sus colaboradores: mi apreciadísimo Miguel Baquero, el genial Eduardo Cruz y el omnipresente —y no menos apreciado, que conste— Armando Rodera. Nos hemos citado en la caseta de Estudio en Escarlata a donde llego tras haberme pasado a saludar a un par de amigos que montan guardia en sus respectivas casetas —Daniel, editor de Salto de Página, Domingo Villar…—. Una vez llego al punto de encuentro tengo ocasión de abrazar a mi compadre, el golfo de Carlos Salem, y de conocer al fin en persona a José Luis Muñoz, egregios firmantes ambos en Estudio en Escarlata durante la mañana del sábado. También me encuentro con el inefable Paco Gómez Escribano —toda la buena gente acabamos encontrándonos en los mismos sitios— y con una grata e inesperada sorpresa —toma claro, por eso es inesperada. Porque es una sorpresa—: coincido con la estupenda fotógrafa Alicia Nuñez, creadora de la célebre exposición El corazón de África, con la que tuve el privilegio de colaborar poniendo texto a una de sus imágenes para la edición del catálogo que acompañó a la exposición. Tras unas cervezas y unas risas, marchamos directos a un restaurante italiano cercano donde comimos bastante bien y continuaron las risas. Por la tarde, vuelta a la Feria donde nos tomamos un par de digestivos a la sombra de una de las terrazas. Un par de mesas más allá Alberto Vázquez Figueroa se fumaba un puro como la copa de un pino mientras por nuestro lado pasaba la infanta Elena escoltada por una legión de armarios roperos. Es lo que tiene la Feria. Que te encuentras con cualquiera. Pasada la modorra —sólo un poco— de la digestión, decidimos dar una última vuelta para ver a quién nos encontrábamos. Yo tuve la suerte de hacerlo con mi apreciado amigo Andrés Pérez Dominguez, a quien su novela El violinista de Mauthausen le está yendo de fábula. No me sorprende. La novela es estupenda. Me encuentro de nuevo con Paco Gómez Escribano y, tras los saludos de rigor, vuelvo para casa que, tras tres días para arriba y abajo, ya toca descanso.

¡Gong! Fin del primer asalto.

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viernes, 14 de mayo de 2010

Libros que merece la pena leer

A finales de este mes se pone a la venta El humo en la botella, la esperadísima nueva novela de Juan Ramón Biedma en la que el autor retoma y completa el periplo seguido por los personajes de El efecto Transilvania situándolos varios años después. Una novela que, por fortuna y tras no pocas vicisitudes, ve por fin la luz de la mano de los chicos de Salto de Página, lo cual no resulta ni mala compañía ni poca garantía.

Albergo admiración por un amplio número de escritores, pero hay muy pocos a quienes realmente envidie. Dentro de ese reducido grupo, Juan Ramón Biedma ocupa un lugar preferente. Como novelista, yo mataría por firmar una novela como El imán y la brújula, por ejemplo. Biedma sabe manejar como nadie un espacio narrativo muy difícil de ejercer sin caer en excesos, un territorio que si tratásemos de etiquetarlo y calificarlo, tarea realmente ardua tratándose de un autor tan incalificable como Biedma, podríamos decir que se acerca a —sería más acertado decir que sobrepasa— los márgenes de lo que podríamos llamar fantasía de inspiración gótica. Pero la literatura de Biedma es realmente mucho más que eso. Tan desasosegante como sutil, sus textos se introducen por los resquicios del lector y se dedican a manejar nuestros temores con una destreza inaudita a base de pulsar resortes que incluso nosotros desconocíamos que se encontrasen ahí. Oscuros e inquietantes, los mimbres con los que teje sus tramas dan lugar a personajes y ambientes desquiciados, oníricos, distorsionados, fuera de foco y sin embargo, tan genuinamente cautivadores que, una vez te halles inmerso en el universo Biedma, una vez hayas sido atrapado por sus tentáculos, te será imposible salir de él. Leer un texto de Biedma supone una experiencia que va más allá de lo literario. Supone aceptar un juego en el que, aun disfrutándolo, hasta el final nunca estarás seguro de si vas a ganarlo o no.

Los Biedmanófilos estamos de enhorabuena. Y tú también. No te pierdas El humo en la botella. Atrévete. No te arrepentirás.

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viernes, 7 de mayo de 2010

Generación Torrezno: MANIFIESTO FUNDACIONAL


El lado crujiente de la literatura

En estos días inciertos en los que el simple hecho de vivir ya es un arte, el mundo de las letras no permanece ajeno a las convulsiones sociales. Atravesamos momentos críticos en los que, hasta para lo que se considera literatura, el asunto se ha convertido en un difuso remedo de lo que fueron sus auténticos fundamentos. Nada es lo que parece. Todo parece lo que no es. Los adalides del honroso oficio de narrar, en connivencia con el ámbito editorial, han terminado por claudicar en sus premisas y convertirse en meras factorías más preocupadas por prefabricar tendencias y esencias que por cultivar el noble arte de contar historias. Se artifician modas, modismos y maneras. Se crean, se difunden y se publicitan fatuos movimientos culturales, huecos de contenido en su mayor parte. Iniciativas que son bendecidas por popes y factotums con el fin de dotar de una pátina de respetabilidad a lo que, en su mayor parte, no son más que souflés insulsos y artificialmente edulcorados; meros productos que, pomposa y adecuadamente gestionados bajo los benditos cánones del marketing, permiten al consumidor combatir cualquier conato de banalización que pudiese asaltar su intelecto cuando reflexiona, aunque sea un mínimo, sobre aquello que deglute. «Que guay que soy, que sigo/pertenezco/confluyo/alimento a la Generación X». O Y. O Z. La nomenclatura es lo de menos. Y su consustancialización, también. Lo que se persigue es estar en la pomada. En esa misma pomada que integra y aglutina a la casta de los elegidos. Y se perpetran verdaderas barbaridades con el fin de conseguirlo. O, al menos, de intentarlo.

Pues bien. Nosotros no hemos querido ser menos. Si de dar pátina se trata, nosotros somos sin duda de los más predispuestos. Pa chulos, nosotros. Al fin y al cabo se trata de algo tan arcano y eficaz como combatir al enemigo con sus propias armas. Fight fire with fire. Y por ese motivo, sirva este manifiesto como punto de ignición de nuestro propio movimiento: la Generación Torrezno. En evidente contraposición a otros movimientos aupados desde las más altas cotas de la «modernidad», los abajo firmantes abogan por el ansiado retorno a la literatura con peso y enjundia. Literatura pata negra. Un retorno a valores literarios sólidos y consolidados, lejos de experimentaciones psicalípticas, en los que la base de toda narración que se precie consista en el desarrollo de una buena historia que contar y una forma honesta y solvente de hacerlo. No queremos contemplar más «transgresoras incursiones metaliterarias cuyos cimientos se consolidan a base de soliloquios metafísicos en los que el autor recrea y reconstruye los matices del alma humana ahondando en la profundidad de su propio yo interior» Abogamos por la existencia de tramas sólidas. De presentación, nudo y desenlace. De textos crujientes, de paladar rotundo, con esencia, con aroma, polisaturados de ácidos grasos literarios. Textos capaces de dejar un sabor de boca pleno y satisfactorio, apartado de cualquier meliflua mixtura azucarada. Textos Torrezno. Un enfoque alejado de Tulicrems rancios y demás merendillas insustanciales. Se trata de ofrecer alimento contundente para el cuerpo y la mente. Parafraseando una de las populares letras del famoso conjunto musicovocal Toreros Muertos, «tú quieres una historia, nosotros tenemos una historia».

Desde aquí y ahora, los miembros fundacionales de la Generación Torrezno (los escritores Jerónimo Tristante, Carlos Salem, Juan Ramón Biedma y Pedro de Paz) propugnan y apuestan por un golpe de timón en el curso de la literatura actual e invitan a otros a comulgar con sus postulados. Autores del calibre y el calado de Jorge Díaz, Antonia J. Corrales, Empar Fernández, Víctor Fernández Correas y José Luis Benítez; periodistas de renombre como Yanet Acosta... Todos ellos han mostrado ya sus simpatías hacia el apostolado de esta nueva doctrina que transformará el devenir de la Literatura.

No lo duden. El retrofuturo ya está aquí.

Generación Torrezno: the next generation

[Los ideólogos en pleno. Nótese el profundo calado intelectual que destila su estampa]

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miércoles, 5 de mayo de 2010

Ferias. Y amigos

Vivimos en un mundo de peculiares paradojas. Porque no deja de resultar curioso que uno de los mejores lectores con el que he tenido la oportunidad de toparme desde que inicié esta aventura literaria sea precisamente un invidente. Un ciego, vamos. Bien sabe él que no enuncio tal circunstancia con ánimo de menoscabo. Ni mucho menos. Guardo un profundo respeto y cariño tanto a Sergio como a su magnífica familia como para que se me ocurriese tal despropósito. Pero pocas veces me he encontrado con un lector tan preciso como racional, con una mente analítica tan fuera de lo común. Un lector capaz de percibir en un texto aspectos —y errores— tan sutiles que muy pocas personas —incluido el que suscribe— han sido capaces de darse cuenta. Como si Dios o el Diablo, al privarle de la vista, lo hubiese concedido una especial clarividencia. Por lo menos, en cuanto a asuntos literarios se refiere. Y estoy seguro que en muchos otros que me son menos familiares, también. Tiene el tipo la cabeza muy bien amueblada.

Sergio, espíritu inquieto como pocos, anduvo recientemente involucrado en asuntos culturales en su ciudad natal. Participó en la organización de la Feria del Libro de Castilla la Mancha y el hombre no tuvo mejor ocurrencia que invitar a una mesa redonda al inefable Jerónimo Tristante y a un servidor de ustedes para que, bajo el imaginativo título de ¿Hay que hacerse el sueco para vivir de la novela negra en España?, hablásemos de la situación actual de la novela negra y de sus autores. Y allí que nos plantamos. Con dos pelotas.

Jero y yo llegamos a Cuenca el viernes por la tarde, en torno a las 19:00. Nos aguardaban Sergio y sus padres, José Ángel y Ana, dos de las personas más encantadoras con las he tenido ocasión de toparme en mucho tiempo. Acogedores, entrañables, cordiales, cercanos, son de esa gente que te hace sentir como de la familia a los cinco minutos de estar con ellos. No nos veíamos desde la pasada edición de la Semana Negra y dedicamos los primeros momentos a ponernos al día. Después fuimos a dar una vuelta por Cuenca, a tomar unas cervezas y a charlar un poco de los actos previstos para el día siguiente. Pasamos por el Parador de Cuenca —precioso enclave, por cierto— y para terminar, nuestros anfitriones nos llevaron a un lugar espectacular llamado Recreo Peral donde, entre risas, cachondeos y bromas, cenamos de maravilla. Tras las copas de rigor, José Ángel nos dejó sanos y salvos en el hotel con el acuerdo de que pasarían a recogernos a la mañana siguiente para llevarnos al lugar en el que estaba prevista nuestra intervención, evento que moderaría Sergio.


En torno a las once del sábado acudimos al lugar previsto, la Sala Alta del recinto ferial. Para mi estupor —nunca pensé que dos mindundis como nosotros pudiésemos tener esa capacidad de convocatoria—, la sala estaba llena. Entre los asistentes me aguardaba una grata sorpresa —otra más—: la presencia de Paco Gómez Escribano, escritor, amigo y asiduo a este blog, que había tenido la deferencia de desplazarse desde Madrid para asistir al evento. La charla comenzó con una pequeña disensión. Sin estar previsto, nos colaron como participante a un interviniente, político por más señas. Una jugada, por desgracia, cada vez más habitual en este tipo de actos a los que alguien suele apuntarse a última hora para hacerse la foto y que, en la mayor parte de las veces, no tiene ni idea de que va el asunto y sólo está allí para soltar su speech y el relumbrón. Pero en esta ocasión, tuve que tragarme mis palabras —es de caballeros reconocerlo— porque resulta que dicha persona —de la cual lamento no recordar en estos momentos ni nombre ni cargo—, además de ser un lector instruido y un demostrado aficionado a la novela negra, parecía saber perfectamente de lo que hablaba. Cosa bastante inhabitual, por cierto. Total, que la charla salió de maravilla. Sergio estuvo estupendo en su papel de conductor —aunque poco le dejamos conducir. Pues menudos somos— y Jero derrochó su gracejo habitual. Se puede consultar algún detalle más del acto en este enlace y en éste. Acabada la charla, firma de ejemplares de rigor y divertida entrevista —al menos así lo afirman os que han tenido ocasión de verla— con CNC, un canal de televisión local.


Marchamos a comer a un restaurante cercano donde tuve ocasión de coincidir con el afable Martínez Laínez, con quien ya me había encontrado en algún que otro acto en Madrid pero con el que nunca me había parado a charlar con calma. Terminada la comida, nos despedimos de Tristante —que marchaba para su tierra— y volvimos al recinto ferial para proceder al segundo evento previsto: la presentación del volumen de relatos Ocho vueltas de tuerca. Por desgracia, el acto coincidió con una presentación de la popular María Dueñas con lo que la asistencia de público se resintió algo más que en el evento de por la mañana. Sergio y yo charlamos amigablemente sobre el volumen al tiempo que hacíamos una breve glosa de la historia subyacente tras cada uno de los relatos que lo componen. Acabada la presentación y tras despedirnos de los asistentes, Sergio, su familia y un servidor, muy satisfechos pero bastante cansados del ajetreo, a qué negarlo, nos retiramos a casa de Sergio donde la velada terminó de forma grata y tranquila, en familia.

A la mañana siguiente, vuelta a Madrid con excelente sabor de boca, el sentir de unas veladas extraordinarias y el placer de la constancia de tener amigos que te aprecian. Que, ni mucho menos, es poco. Todo lo contrario.

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miércoles, 28 de abril de 2010

El club de la vida buena

Ayer disfruté de una gratísima experiencia: intervenir en la tertulia dedicada a las Artes y las Letras del programa de radio El club de la vida buena. Buena gente. Muy buena gente. Como digo, fue una experiencia sumamente agradable. Me encontraba muy cómodo, muy a gusto y me explayé a placer. Incluso, algo más de lo que hubiese debido, como podrás comprobar si decides escuchar el podcast del programa. Pero, ¡qué coño!. Al fin y al cabo, estábamos entre amigos y tampoco dije nada de lo que deba arrepentirme. Espero.

Gracias Sergio, Arancha, Fernando y Yesica por el momento disfrutado. Fue un auténtico placer.

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