Mentiras completas y verdades a medias



lunes, 13 de diciembre de 2010

Miscelánea

A través de los pequeños detalles a veces uno es capaz de encontrar grandes y muy gratas sorpresas. Dando una vuelta por esas webs de Dios he tenido ocasión de toparme con una entrada en el blog del escritor, ensayista y académico Ramón Acín en la que hacía suyas las palabras del articulista Jorge Díaz recomendando la lectura de El hombre que mató a Durruti. Siguiendo el mismo camino, también encontré una amable reseña de la novela en el prestigioso blog literario La tormenta en un vaso. Desde aquí mi más sentida y sincera gratitud a ambos.

En otro orden de cosas, en breve estaré en disposición de comunicaros una gran noticia relativa a El hombre que mató a Durruti. Algo se ha escapado ya por ahí, en algún blog. Pero yo prefiero esperar un poco más. Stay tuned.

PS.- La gente de Culturamas, milagrosamente, no sólo ha mandado a unos sicarios para pegarme una paliza sino que, además, ha cometido la imprudencia de pedirme que dé continuidad a mi espacio «Haciendo amigos». A todo aquél interesado me complace comunicarle que la periodicidad de las colaboraciones será quincenal, publicándose en miércoles alternos. Pasado mañana toca nueva columna. Allá vosotros.

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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Perdónalos, Señor...

La revista digital CULTURAMAS ha cometido la insensatez de ofrecerme un espacio como columnista de opinión dentro de sus distinguidos espacios dedicados a la Cultura. Pues nada, como en toda buena familia que se precie, ya tienen oveja negra. He aquí el primer fruto de esa colaboración. Mi columna se denomina «Haciendo amigos». Su título ya es toda una declaración de intenciones.

Espero que os guste su lectura.

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martes, 21 de septiembre de 2010

Fariseos y Robin Hoods

«¿Qué opinión te merecería el hecho de que un autor —musical, literario, audiovisual— desease difundir sus obras bajo licencia Copyleft o GNU y que, en contra de su voluntad, se viese obligado a hacerlo mediante licencia Copyright porque alguien ajeno a él estima que esa es la forma más optima y adecuada para todos?».

Ante el planteamiento arriba escrito, la respuesta de más del 95% de los encuestados termina confluyendo siempre en dos términos: intolerable e inadmisible. Lo curioso es que esa condena se diluye entre excusas y pretextos vagos cuando el planteamiento invierte sus términos y hablamos de un autor que desea difundir su obra bajo licencia Copyright y ésta termina siendo distribuida de forma libre —e incontrolada— aun en contra de su voluntad y con su manifiesta oposición.

El problema no son las descargas, ni la tecnología ni todas esas herramientas que contribuyen positivamente a la difusión libre y voluntaria —voluntaria es la palabra clave— de la Cultura. La libre cesión de una obra propia, como opción, resulta algo de lo más digno y plausible. El problema no es el canal. Es lo retorcido y viciado del mensaje. El problema es la ausencia de honestidad. Y de respeto hacia la potestad del autor para hacer, tanto en un sentido como en otro, lo que estime oportuno con su propia obra. Y que conste que entiendo perfectamente el trasfondo de la tradicional diatriba entre los autores defensores del Copyright y los adalides de las descargas libres. El auténtico. Aquél que, salvo a tres iluminaos que de verdad se creen lo que predican, impulsa a la gran mayoría de legitimadores de las descargas de contenidos con Copyright y que no es otro que, ante la posibilidad de disfrutar de un determinado recurso de forma gratuita o mediante pago, se escoge la opción menos gravosa, aun a costa de enajenar el trabajo y el esfuerzo de otro. Respetaría —y lo digo completamente en serio— a alguien que me dijese: «Soy un jeta, pero disfruto de una gran cantidad de opciones sin necesidad de pagar un duro por ellas y sin preocuparme el que con ello exista la más mínima posibilidad de perjudicar a terceros. Las descargas gratuitas(*) son lo mejor que se ha inventado desde el pan con chocolate». Y lo respetaría porque, a pesar de su equivocado —según mi criterio— planteamiento, refleja en sí mismo un mínimo poso de honestidad. Lo que de verdad me saca de mis casillas es esa corriente que busca legitimar lo indefendible a base de premisas espurias cuando no delirantes, insultando la inteligencia de su interlocutor. Me saca de mis casillas toda esa cohorte de fariseos y Robin Hoods de la Cultura que, en aras de una supuesta justicia universal, pretende justificar lo injustificable, tratando de eliminar de un plumazo lo que, tanto por ley (LPI Art. 14.1; Art. 17) como por sentido común, resulta ineludible: que el autor es, legal y moralmente, el único legitimado para determinar cómo y de qué manera debe difundirse su obra. Y que su opinión es soberana a tal respecto. Y me irrita profundamente toda esa hornada de vendedores de crecepelo digitales que, al más puro estilo Enrique Dans, a base de soflamas populistas y jugando con el pan de otros, se dedican a arengar a las masas con el fin de obtener una notoriedad que, por sí mismos y por méritos propios, jamás obtendrían, para emplearla posteriormente en beneficio propio.

(*) Ante el delirante argumento escuchado en infinidad de ocasiones de que «las descargas nunca son gratuitas porque yo ya pago mi conexión a Internet» me gustaría apuntar que nunca el continente y el contenido fueron la misma cosa, que la conexión a Internet es un servicio de telecomunicaciones cuya responsabilidad y cometido termina en el momento en que se establece la conexión, independientemente de la finalidad de su uso, y que, de la misma manera, si compramos algo por correo, el pago del servicio de Correos o de los gastos de envío no nos exime del abono del propio producto.

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sábado, 20 de marzo de 2010

Cultura. Los cojones

Parafraseando —más o menos— a Madame Roland, «Cultura. Hay que joderse la cantidad de crímenes que se cometen en tu nombre». Ayer se aprobó la Ley de Economía Sostenible que, entre sus contenidos, cuenta con la presencia de una serie de artículos orientados a endurecer el tratamiento de aquellas páginas web que proporcionen o faciliten el acceso a contenidos protegidos por derechos de autor cuando éste se lleve a cabo sin los permisos pertinentes, básicamente la autorización de su autor. La reacción de a comunidad internáutica no se a hecho esperar. Que si «a las barricadas», que si «compañeros, esto es intolerable», que si «vulneración de derechos fundamentales», que si insumisión popular…. Más de lo mismo y lo mismo de siempre.

A pesar de que pueda pensarse lo contrario yo estoy plenamente a favor del intercambio de Cultura en su acepción más pura y literal. Intercambio. Entrega de un bien o valor a cambio de otro. Ahora yo me pregunto: ante la descarga por la patilla de una película, juego o CD, ¿qué es lo que aporta el descargador? A cambio del bien cultural entregado por el cineasta, programador o músico, ¿Qué bien de similar y equitativo valor cultural entrega a cambio el que realiza la descarga?. Lo diré. En un 90% de los casos: ninguno. Porque lo que se glosa y se reza tras un concepto tan noble y loable como el que puede representar la libre difusión de la Cultura no es más que la bastarda pretensión del consumo de bienes de ocio por la patilla. Así de simple. Nadie, salvo unas muy escasas excepciones, solicita que se intercambien gratuitamente los libros de texto de los centros educativos o la recopilación de las tesis doctorales publicadas durante los últimos diez años sino que lo que se busca por la red es el acceso al juego Heavy Rain, a la última temporada de Lost o a la última película de Indiana Jones. Y el impulso de tratar de ahorrarse un dinerito en nuestras opciones de ocio, corriendo los tiempos de crisis que corren, puede incluso contemplarse con comprensiva benevolencia. El tratar de crear un movimiento que legitime un expolio sistemático vistiéndolo razones y argumentos tan nobles como los derechos universales, la lucha contra la censura y la libertad de expresión insulta la inteligencia de muchos. La mía entre ellas.

Que no esté a favor de la forma en la que funciona la SGAE —que no lo estoy— ni tampoco en la que se gestionan los derechos de autor y que piense que la situación es muy mejorable no quiere decir que me alinee diametralmente en favor de lo contrario, por muy difícil que le resulte de entender a muchos en este país de maniqueos donde o eres bueno o eres malo, o eres blanco o eres negro o eres del PSOE o sino, por pelotas, debes de ser del PP. «No es esto, no es esto», que decía Ortega. La ley antes mencionada no es idónea, por muchos motivos, y yo soy el primero en ser crítico con ella, pero eso no significa que, por ello, deba estar a favor de conceder patente de corso para ejercitar otra serie de actividades que resultan igual de deplorables. Sigo insistiendo en dos ideas capitales: en lo que no se asuma que 1) el legítimo propietario de un bien de carácter cultural es su autor y que tanto el derecho nacional, el internacional y el sentido común le asiste cuando postula que no hay nadie por encima de él que albergue el derecho a determinar cómo y de qué manera debe gestionarse y distribuirse su obra y mucho menos algún cantamañanas abanderado de consignas panfletarias que le enajene por el morro el producto de su trabajo y su esfuerzo para colgarlo del Rapidshare y 2) que la generación de Cultura no se produce de forma espontánea ni crece de los árboles, que ésta tiene, no ya un precio, sino un coste , que ese coste necesita ser sufragado y que toda lógica apunta a que quien debe sufragarlo sea quien disfruta de él, insisto, en lo que esos dos aspectos a los que la lógica apela sin compasión no le queden claros a todo el mundo, desde el internauta ocasional al más talibán de los subversivos culturales, no llegaremos jamás a ningún punto de entendimiento. Jamás.

Y así nos lucirá el pelo. A todos.

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domingo, 7 de marzo de 2010

Cuestiones técnicas (y que Dios nos coja confesados)

Por una serie de cuestiones técnicas, Blogger (soporte gestor de este blog) me obliga a cambiar y reconfigurar algunos aspectos. Comenzaré a hacerlo a partir de mañana, lunes. Si durante unos días no podéis acceder correctamente al blog, lo hacéis de forma incompleta (falta alguna imagen o algo no se ve bien) o detectáis algún fallo en particular, paciencia. Supongo que estará solventado en un par de días. Espero.

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martes, 23 de febrero de 2010

Nace un nuevo proyecto cultural

Ayer, al fin, tras algunas pequeñas dificultades de carácter técnico, vio la luz CULTURAMAS, un proyecto largamente esperado que nace con la pretensión —loable y plausible— de convertirse en guía y punto de referencia de toda manifestación cultural relacionada con el ocio, la literatura y el cine, principalmente. El proyecto ha sido puesto en marcha gracias al entusiasmo y al buen hacer de un amplio y solvente grupo de profesionales entre los que se cuentan gente como Javier Vázquez Losada, Lorenzo Rodríguez Garrido, Rubén Sánchez Trigos, David G. Panadero, Recaredo Veredas o Sergi Bellver.

Desde aquí, mi más sincera enhorabuena y mis mejores deseos para este proyecto que despega con muy prometedoras perspectivas y bajo estupendos augurios. Una web a tener en cuenta a partir de hoy.

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lunes, 4 de mayo de 2009

Musho arte

He descubierto casualmente el trabajo de una productora llamada Mundo Ficción —nada que ver con MundoFicción, la productora de El Mundo—. Al parecer, son unos chavales sevillanos que, con cuatro duros y toneladas de imaginación, chispa, gracia y un puntito de mala leche, hacen unos cortos realmente increíbles, no por la espectacularidad de su producción sino por el desarrollo de sus guiones. Me ha merecido especial atención un trabajo denominado Trilogía Sevillana —del que, al parecer, han rodado hasta ahora dos partes— donde reflejan con increible humor una particular visión de la juventud actual y de una parte de sus modos, maneras y modismos, particularizados en el ámbito sevillano y su idiosincrasia. Con lo que ello conlleva. Ahí eh ná, quillo.

Bien entendido, no creo que sea intención de los autores el ofender o ridiculizar a nadie sino acercarse con humor a la más pura parodia. La imagen mostrada se corresponde con un estereotipo absoluto cuya representación es plenamente reconocible y extrapolable a muchos otros contextos. Ahí quizá resida la validez —y por qué no, la gracia— de su mensaje.



Podéis acceder al resto de sus excelentes trabajos —particularmente recomendable el titulado Los diez pasos— en su canal de YouTube.

Unos monstruos, los tíos...

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jueves, 2 de abril de 2009

Sinceridad

Hay ciertas expresiones que, puestas en boca de los demás, suelen producirme el peculiar efecto de revolverme las tripas. Particularmente por el metódico perfil de la gente que, con harta frecuencia, suele emplearlas. Una de ellas es el continuo empleo en término incierto —«Eso es incierto»— para indicar que algo es falso (a ver si nos enteramos de una vez, so memos: aunque sea gramaticalmente correcto y esté aceptado por esa casa de lenocinio que es la RAE, la acepción tradicional de incierto indica una ausencia de certeza o certidumbre —«El futuro es incierto», «El tiempo que hará mañana es incierto»—, no ausencia de autenticidad o de verdad. Una afirmación puede ser autentica y, a su vez, incierta. Cualquier otra cosa es esnobismo puro y duro). Pero hay otra que se lleva la palma. Que me molesta más. Bastante más. Mucho más.

«Yo es que soy muy sincero».

Pérez Reverte lo definía de una forma bastante precisa: «no hay peor cosa, ni más peligrosa, que un imbécil cargado de aparentes buenas intenciones». Cuando oigo la expresión antes mencionada no puedo por menos que echarme a temblar: acabo de encontrarme con un gilipollas de los de raza y pedigrí. Ayer tuve la desgracia de tropezarme con uno de estos especímenes. A este tipo de gente, además de albergar la costumbre de ensalzar valores de su carácter que tan sólo él suele reconocer, les encanta jugar al equívoco juego de intentar trocar ante tus ojos el defecto en virtud, queriendo, en este caso, hacer pasar por honestidad una aparente sinceridad cuando, en muchas ocasiones, demasiadas, esas espontaneas manifestaciones no conllevan más ingredientes que unas grandes dosis de descortesía y mala leche. Cuando no de envidia pura y dura. «Tienes la nariz torcida», «tu hijo tiene las orejas grandes», «tu actitud resulta inapropiada», «has cogido unos kilos de más», «tu marido/hijo/madre/padre/hermano/sobrino es poco agraciado», «tu coche es una mierda», «¿Y sigues trabajando allí por ese sueldo de miseria?»... Y lo peor de todo, lo que más me saca de quicio, es esa exasperante capacidad para meterse en todo asunto que les sea menester y al que no han sido llamados ni invitados, enarbolando como justificación y patente de corso esa beatífica sinceridad de la que tanto presumen. «Yo es que tengo que decírtelo porque soy muy sincero. Yo soy así». Bueno, pues perdóname, bonita. Puestos a ello, vamos a jugar todos al mismo juego:

Me cago en todos tus muertos. Cuando hables conmigo, puedes meterte tu opinión y tu sinceridad por donde te quepan. La mayoría de los que sufren la desgracia de tener que conversar contigo, antes que apreciar tu farisea sinceridad, preferirían disfrutar de tu cortesía y tu educación, si acaso supieras lo que eso significa. Y si quieres hacer de paladín de verdades que nadie te he pedido que enuncies ni pronuncies te vas a tu puto pueblo. ¿Me has oído, so payaso?

Discúlpenme si he resultado demasiado sincero. Yo es que soy así.

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lunes, 10 de noviembre de 2008

Lo mismo que Pynchon o Salinger

Leo la última entrada del blog del escritor Miguel Baquero, el más que recomendable A esto llevan los excesos, y no puedo por menos que verme retratado en bastantes de las tribulaciones que tan acertadamente expone en ella. Lo peculiar de la entrada de su blog es, sobre todo, la clarividente certeza del trasfondo de lo que propone. El comprobar cómo los demás comienzan a mirarte como un bicho raro en cuanto se enteran de que escribes y publicas libros. Un día eres el tío de siempre, ese compañero con el que tomarse unas cañas y echarse unas risas y, al siguiente, pasas a ser una especie de paria por exceso, un intocable de una casta a la que ni pretenden acceder ni intentan aproximarse. Y todos tus actos pasan, de la noche a la mañana, a ser evaluados con escrupulosa meticulosidad y a estar supeditados a una determinada vara de medir que obedece a no se sabe muy bien qué extraños criterios. Como muy bien explica el amigo Baquero a modo de parábola, si dices que has escrito un libro, muchas de las reacciones serán ataques directos a tu supuesta y aparente vanidad fatua —«Míralo. Que ha escrito un libro, dice. ¿Quien coño se habrá creído que es?»—. Si lo callas... ¡Ay!, si lo callas y se enteran, es peor —«Míralo. Ha pasado de decirnos nada. Como si no estuviésemos a la altura ¿Quién coño se habrá creído que es?»—. Y si, escarmentado, lo revelas en petit comité, la reacción no es distinta —«Míralo. Se lo dice sólo a sus amiguitos, a los de su camarilla ¿Quién coño se habrá creído que es?»—. Y uno, que tira más bien a pudoroso y a poco dado a los excesos del alarde —Baquero, que desde hace años me honra con su amistad y que ha sido testigo de mis balbuceantes inicios literarios, puede confirmar tal extremo. De hecho, ya lo hizo en su día en el primer párrafo de esta entrevista—, que lo único que busca es disfrutar de las alegrías que pueda darte la vida y hacer disfrutar con ellas a los que te rodean y a alguno más que pasa por ahí, termina por sentirse como un extraño en tierra extraña. Y al final, las relaciones sociales del escritor que ha tenido la suerte de dejar de ser inédito terminan por convertirse en un pequeño infierno de malentendidos en el que resulta imposible contentar a todos y donde terminas por comprender perfectamente a gente como Pynchon o Salinger. Que los den por culo a todos.

Pero el amigo Baquero ha omitido en su excelente entrada —o no se ha olvidado y simplemente ha preferido obviarlo— un contexto donde este asunto adquiere tintes casi esperpénticos: tu vida social en la red. Que tiene tela la cosa. Allí donde te acerques —blogs, foros, etc—, si cometes la imprudente ingenuidad de anunciar —casi con más pudor que orgullo— que has publicado un libro o que estás en vías de conseguirlo, pasas a convertirte de inmediato en el blanco de iras y comentarios de determinada gente, circunstancia agravada por la impunidad con la que tales comentarios pueden verterse debido al aparente anonimato de las fuentes. Es lo que tiene Internet, que no es necesario rendir cuentas a nadie. Gente con un verbo pretendidamente hiriente —la gran mayoría dan autentica grima cuando no lástima directamente— y la supuesta frase brillante y ofensiva colgando de la comisura de los labios. Pero, en ese contexto, la situación se enrarece hasta el punto de convertirse en un absurdo casi surrealista. Porque si bien, en la vida real, la gente que opina sobre ti es gente más o menos próxima con un conocimiento previo de tus circunstancias vitales, en la red, cualquier imbécil con un teclado en la mano se permite el lujo de, a partir de tres frases tuyas puestas en un comentario de un foro y sacadas de contexto la mayor parte de las veces, diseccionar tu vida, tu carácter, tus aparentes glorias y tus supuestas miserias con una autoridad digna de aquél que ha comido en tu mismo plato y ha compartido lupanar contigo. Hay auténticos profesionales del asunto diseminados por la red.

Entre blogs y foros, suelo frecuentar de forma asidua unos ocho o nueve lugares y no hay ninguno de ellos en el que, al menos una vez, no haya salido a hostias dialécticas con alguien —incluyendo el mío propio—. Y a lo mejor el problema está en mí, no lo discuto. Pero lo curioso del asunto es que las controversias casi nunca suelen surgir a raíz de las opiniones vertidas. Eso sería entrar en el terreno del debate y la contraposición de ideas en cualquier foro me parece un ejercicio de lo más sano y recomendable. Las insidias suelen ceñirse a aspectos que ni siquiera tienen que ver con el sentido de tus comentarios. Son simples ataques gratuitos, sin provocación previa, ad hominem en la mayoría de las ocasiones y que aluden a aspectos de tu vida que tu interlocutor no conoce ni de oídas. Desde tu supuesta filiación política hasta tus aparentes envidias hacia otros escritores pasando por tus pretendidas aptitudes literarias —aun sin haber leído nada de lo que has escrito y publicado— o tu calidad como persona, hay toda una amplia gama de acusaciones que uno debe tratar de soportar con estoica resignación como pretendidos lances del juego. Y, en principio, así pretendes asumirlos dejándolos correr. Pero la paciencia tiene un límite. La primera la sueles pasar, la segunda tiras alguna puya. Hasta que algún día te pillan con los cables cruzados. Ese día, acabas diciendo lo mismo que Pynchon o Salinger —que los den por culo a todos— pero con otro sentido. ¿No quieren cazar? Pues vamos de caza. Y se monta el belén. Y cuando, tras meterte los dedos en la boca repetidas veces, sueltas por ella todos los espumarajos posibles y pasas directamente a mentarles a la madre, la respuesta termina siendo invariablemente la misma: «Vaya salida de tono. No, si ya decía yo que era un exaltado». Vaya usted a la mierda, hombre.

Ya me huelo las reacciones suscitadas por esta entrada. Que vengan. De uno en uno o en grupo. Los estoy esperando. Sí, a los de siempre.

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