Mentiras completas y verdades a medias



martes, 12 de octubre de 2010

Momentos (a Manuel Alexandre, con afecto)

Hoy se ha marchado uno de los mejores, uno de los más grandes actores que ha dado este país. Uno de los últimos de una digna y brillante estirpe de artistas que no siempre vivieron y obtuvieron el reconocimiento que merecían. Se nos ha ido Manuel Alexandre. No voy a hablar de su dilatada carrera, ni de sus maravillosas dotes de galán cómico, ni de su profesionalidad y su buen hacer como actor. Eso, junto a las más diversas hagiografías, ya lo harán otros, seguramente. Voy a limitarme a referir una sencilla anécdota personal, uno de esos momentos que se guardan para uno mismo y que siempre se rememoran con placer.

Habían venido a visitarme desde su lugar de origen dos amigos, ambos candidatos a juntaletras como el que suscribe. Tras un día de tapas, conversaciones y risas por Madrid me pareció oportuno concluir la velada en un lugar que sabía que les haría ilusión visitar por lo que tenía de simbólico para los mitómanos como nosotros: el Café Gijón. Y allá que fuimos los tres. Nos acomodamos en la mesa que se encuentra al lado de la entrada a los aseos. Justo al otro lado del local, en una mesa próxima al ventanal que da al Paseo de Recoletos, un grupo de personas departía amigablemente. Entre los concurrentes acertamos a distinguir a Manuel Alexandre y a su fiel amigo y compañero Álvaro de Luna. Supimos después que aquella era su mesa habitual donde varias veces por semana convocaba tertulia con los amigos. Pedimos nuestras consumiciones y nos pusimos a charlar. Al cabo de un rato y para nuestra sorpresa vimos cómo Manuel Alexandre se levantaba de su asiento y se encaminaba hacia nosotros. Imaginen nuestra cara. Nos quedamos de piedra. Resultaba espectacular verle acercarse con ese porte venerable enmarcado por el entrañable poso que concede una vejez serena, augusta, digna. Al llegar a nuestra altura nos dimos cuenta que no venía a hablar con nosotros. Se dirigía a los aseos. Le vimos entrar y los que ocupábamos la mesa nos echamos a reír ya que todos habíamos imaginado lo mismo: «¿Qué querrá Manuel Alexandre de tres pringados como nosotros?».

Mientras Alexandre se encontraba dentro del aseo, uno de mis amigos comentó que no estaba dispuesto a desperdiciar la oportunidad de saludar y estrechar la mano de una de las escasas leyendas vivas del cine español por quien, además, sentía una rendida admiración. Yo, que aunque no lo parezca, me tengo por una persona prudente, le dije que quizá resultase inoportuno molestarle, pero el arrojo de mi amigo fue más fuerte que mi voluntad. Cuando el veterano actor salió del aseo, mi amigo se levantó de su asiento y se cruzó en su camino. Alexandre lo miró de arriba abajo. No había animadversión ni fastidio en su gesto, sólo fatalidad asumida. Mi amigo le tendió la mano y le dijo que no deseaba molestarle, pero que era para él un auténtico placer y un honor el tener la oportunidad de saludar en persona a un gran actor por el que sentía una profunda admiración. Alexandre sonrió con humildad resabiada, producto, sin duda alguna, de una situación tantas y tantas veces repetida, y le estrechó la mano diciendo que el placer era suyo. Viendo abierto el frente, los que nos encontrábamos en aquella mesa no quisimos perder la oportunidad e imitamos a mi amigo. Estrechamos su mano y le dijimos lo mucho que admirábamos su trabajo. Manuel Alexandre agradeció con gesto sincero nuestra deferencia, charlamos unos minutos, nos comentó que todavía le causaba un cierto estupor el provocar esa sensación de reconocimiento en personas tan jóvenes que, quizá, no habían tenido ocasión de conocer toda su carrera desde sus primeros tiempos, se despidió afectuosamente de nosotros y marchó a reunirse con sus compañeros de tertulia.

En mis esporádicas visitas al Café Gijón jamás volví a coincidir con él. Por desgracia, nunca más podrá volver a ser. Buen viaje, D. Manuel, vaya donde quiera que vaya. Y que la tierra le sea leve.

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martes, 16 de marzo de 2010

Cine y viajes. Y embutidos

El pasado sábado tuvo lugar en la librería Estudio en Escarlata la presentación en Madrid de Hasta donde el cine nos lleve, un más que interesante ensayo escrito al alimón por Fran J. Ortíz y Jesús Lens en el que se reseña y analiza una serie de títulos cinematográficos en los que los viajes tienen una incidencia relevante cuando no suponen la propia razón de ser del film. Un exhaustivo estudio que, en orden cronológico según su ambientación, nos invita a recorrer las interioridades de películas tan representativas como Mogambo, Centauros del desierto, En busca del fuego, Paris-Texas, Thelma y Louise o incluso 2001, una odisea en el espacio.

La presentación estuvo a cargo de Fernando Marías, cinéfilo de pro. De verbo fácil y divertido, Fernando nos glosó su relación con el cine y su pasión por Peckinpah y en particular por el film Grupo salvaje, cuya contemplación, según relató, fue uno de los principales detonantes que le condujo al oficio de contar historias. Después tomaron la palabra los autores, Fran J. Ortiz y Jesús Lens —este hombre cada día está más alto. Yo no sé qué coño come—, para hablarnos durante unos minutos de donde partió la idea original que les llevó a la redacción del libro, de las dificultades de trabajar a «cuatro manos» —pocas, según sus palabras— y del placer que les ha supuesto revisitar una serie de películas que, de una forma u otra, supusieron para ellos una nueva forma del ver y contemplar el cine.

El final del acto dio paso a lo que de verdad nos había convocado a los allí presentes: una agradable degustación de embutidos de Villena y queso de Almagro —nunca le estaremos lo suficientemente agradecidos a la madre y a la cuñada de Fran— a la que asistieron —al olor de las viandas, no me cabe la menor duda. Menudos son— muchos de los rostros —en el sentido más literal del término— habituales en este tipo de saraos: David G. Panadero, Oscar Urra, Armando Rodera y Arantxa, Rubén Sánchez Trigos, Lorenzo Rodriguez... y, obviamente, un servidor de ustedes.

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martes, 23 de febrero de 2010

Nace un nuevo proyecto cultural

Ayer, al fin, tras algunas pequeñas dificultades de carácter técnico, vio la luz CULTURAMAS, un proyecto largamente esperado que nace con la pretensión —loable y plausible— de convertirse en guía y punto de referencia de toda manifestación cultural relacionada con el ocio, la literatura y el cine, principalmente. El proyecto ha sido puesto en marcha gracias al entusiasmo y al buen hacer de un amplio y solvente grupo de profesionales entre los que se cuentan gente como Javier Vázquez Losada, Lorenzo Rodríguez Garrido, Rubén Sánchez Trigos, David G. Panadero, Recaredo Veredas o Sergi Bellver.

Desde aquí, mi más sincera enhorabuena y mis mejores deseos para este proyecto que despega con muy prometedoras perspectivas y bajo estupendos augurios. Una web a tener en cuenta a partir de hoy.

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martes, 5 de enero de 2010

Tecnología audiovisual

«Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad», que decía Don Hilarión hace muchos años ya. En los últimos años, los adelantos técnicos en materia audiovisual se han impuesto a un ritmo vertiginoso permitiendo obtener resultados realmente espectaculares con poco trabajo (aparente). A día de hoy, con una foto y poco más de tres minutos (¡TRES MINUTOS!), se pueden lograr obras tan logradas como ésta.

O ésta:


Técnicamente desconozco cómo lo hacen, pero la magia de la postproducción cada día está más próxima a cualquiera. Y los resultados cada día más asombrosos. El límite parece que vuelve a estar en la imaginación. Donde lo ha estado siempre.

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martes, 3 de noviembre de 2009

¡Padrino, búfalo!

Perteneció a una generación de grandes comediantes capaces de hacernos sonreír cuando apenas se podía aspirar a otra cosa. José Isbert, José Luis Ozores, Manolo Gómez Bur, Gracita Morales, Paco Martínez Soria, Manolo Morán, Juanjo Menéndez... Junto con Saza, Leblanc, el grandísimo Manuel Alexandre y el admirado y admirable Alfredo Landa —otro de los más grandes— formaba parte de los últimos representantes de una gloriosa estirpe injustamente denostada durante mucho —demasiado— tiempo. De una generación que nos mostró en la gran pantalla cómo soñaba con suecas, aperturismo, música ye-ye y aroma a incipiente libertad sexual. Ejecutante como nadie del papel de amiguete sinvergüenza, primero, y de españolito de a pie, del funcionario de vida gris y mente aún más gris, después, de todas sus interpretaciones me viene a la memoria la que llevó a cabo en esa joya titulada La gran familia, la de ese entrañable padrino al que toda una caterva de infantes increpaba al grito de ¡padrino, búfalo! y a los que él reprendía con más cariño que irritación aludiendo de pasada al doble sentido que pudiera derivarse de la condición de astado del apelativo.


Ayer, José Luis López Vázquez inició el viaje a ese Olimpo al que, por derecho propio, pertenece.

Que el viaje le sea leve, D. José Luis. Y, ante todo: gracias por todo. Muchas gracias.

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martes, 20 de octubre de 2009

Fallece Al Martino

Me entero por el blog del periodista Santiago Gonzalez que ha fallecido Al Martino. El nombre quizá nos diga poco. O nada. Cantante melódico de los años sesenta y setenta, de origen italiano —su auténtico nombre era Alfred Cini—, su carrera estuvo trufada de pequeños y relampagueantes éxitos de los cuales la balada Spanish eyes fuese quizá el más popular.

Pero Al Martino interpretó para la gran pantalla el papel de Johnny Fontane, ese trasunto de Frank Sinatra cuyo cinismo, temores y ambigüedad moral tan certeramente perfiló Coppola. Quizá Martino no fuese un exquisito actor ni su personaje, trascendental para la trama en la que intervenía, pero su devenir dio lugar a una de las más impactantes escenas de una de las mejores películas de la historia del cine.


Es curioso cómo, en muchas ocasiones, más de las que nos gustaría admitir, los grandes momentos están hechos de pequeños retales.

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lunes, 4 de mayo de 2009

Musho arte

He descubierto casualmente el trabajo de una productora llamada Mundo Ficción —nada que ver con MundoFicción, la productora de El Mundo—. Al parecer, son unos chavales sevillanos que, con cuatro duros y toneladas de imaginación, chispa, gracia y un puntito de mala leche, hacen unos cortos realmente increíbles, no por la espectacularidad de su producción sino por el desarrollo de sus guiones. Me ha merecido especial atención un trabajo denominado Trilogía Sevillana —del que, al parecer, han rodado hasta ahora dos partes— donde reflejan con increible humor una particular visión de la juventud actual y de una parte de sus modos, maneras y modismos, particularizados en el ámbito sevillano y su idiosincrasia. Con lo que ello conlleva. Ahí eh ná, quillo.

Bien entendido, no creo que sea intención de los autores el ofender o ridiculizar a nadie sino acercarse con humor a la más pura parodia. La imagen mostrada se corresponde con un estereotipo absoluto cuya representación es plenamente reconocible y extrapolable a muchos otros contextos. Ahí quizá resida la validez —y por qué no, la gracia— de su mensaje.



Podéis acceder al resto de sus excelentes trabajos —particularmente recomendable el titulado Los diez pasos— en su canal de YouTube.

Unos monstruos, los tíos...

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lunes, 14 de julio de 2008

Literatura Vs. Cine

Si hay algo que tengo perfectamente claro desde hace mucho tiempo es la aparente obviedad de que cine y literatura son dos medios completamente diferentes, dos artes distintas que albergan lenguajes propios y particulares. Ambos poseen modos de expresión y tempos narrativos completamente distintos. El cine permite mostrar matices que el papel no logra transmitir y los escritos permiten reflexiones casi imposibles de plasmar en imágenes. Llevar una obra literaria al cine es como traducir El Quijote a otro idioma. No importa lo cuidada que sea la traducción: ésta siempre será un pálido reflejo del original —por mucho que dijese Borges—. Y esa circunstancia es extensible a la dualidad novela-película. Por término general, quién escribe novelas no lo hace pensando en que puedan ser llevadas a otro medio como quién escribe en español no se plantea en principio que unos hipotéticos lectores terminarán leyéndolo en francés o alemán.

Hace unos meses, Lorenzo Silva se lamentaba en un artículo de que No es país para viejos, la última película de los hermanos Coen, traicionaba el espíritu del texto de Cormac McCarthy en el que se inspiraba, desvirtuando en gran medida la esencia y el mensaje de la novela. Un par de meses atrás, yo mismo juraba en arameo al comprobar como la película Soy Leyenda no sólo traicionaba la perspectiva original del texto de Richard Matheson —mucho más profunda, oscura e inquietante— sino que, por adulterar, llegaba incluso a desvirtuar el propio sentido del título al convertir una de las obras cumbre de la literatura de ciencia ficción en un remedo sensiblero y moralista. La «leyenda» en la que Neville, su protagonista, terminaba por convertirse en la película distaba mucho del significado que Matheson le atribuía en su novela.

No se trata en absoluto de debatir la calidad cinematográfica de las películas mencionadas. Una película puede ser una obra maestra en su ámbito y destrozar literalmente el texto en el que se basa. Un claro ejemplo: Blade Runner. La cuestión es que, con relación a los textos literarios, hay una circunstancia que, por obvia, quizá no debería ni ser comentada: cada uno de nosotros, cuando llevamos a cabo el ejercicio de recrear un texto literario, aloja en su mente una visión propia y personal de la obra que evalúa, una interpretación propia de los contenidos, un universo propio, una «lectura propia» en el sentido más literal del término. No hay dos personas que lean el mismo libro y lo hagan de la misma manera. No existen dos personas que imaginen el mismo escenario, los mismos matices, los mismos personajes de la misma manera. Quizá, en eso consista gran parte de la magia de la literatura. Es asumible y aceptable. Y por ese motivo, no me resulta incomprensible entender que una adaptación cinematográfica no es más que la visión personal que de un texto ha tenido el director que la lleva a cabo y que la película no es más que su forma de trasladarla a imágenes.

Lo que ya me resulta algo más incompresible es cómo, en el caso de algunos de ellos, un director puede albergar una visión que, aunque diferente, es tanto o incluso más preciosista que el texto que dio origen a la película —baste mencionar, además del Blade Runner antes citado, otros ejemplos como El nombre de la rosa de Annaud o Los Santos Inocentes de Mario Camus— y otros son incapaces, no ya de admirar, entender e interpretar sino siquiera de descubrir las cualidades del texto que tienen delante de las narices. O las entienden de forma errónea. O las entienden de forma correcta y lo destrozan al trasladarlas a un medio gobernado por unos patrones, un lenguaje y unos matices diferentes.

Sólo espero que si a alguien, el día de mañana, le asalta la locura de trasladar a imágenes a Fernández Durán, Jaime Areta, Alfonso Heredia o Miguel Cortés —que algo de eso hay—, no termine por horrorizarme el resultado. Al menos, no en exceso.

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