Mentiras completas y verdades a medias



lunes, 14 de julio de 2008

Literatura Vs. Cine

Si hay algo que tengo perfectamente claro desde hace mucho tiempo es la aparente obviedad de que cine y literatura son dos medios completamente diferentes, dos artes distintas que albergan lenguajes propios y particulares. Ambos poseen modos de expresión y tempos narrativos completamente distintos. El cine permite mostrar matices que el papel no logra transmitir y los escritos permiten reflexiones casi imposibles de plasmar en imágenes. Llevar una obra literaria al cine es como traducir El Quijote a otro idioma. No importa lo cuidada que sea la traducción: ésta siempre será un pálido reflejo del original —por mucho que dijese Borges—. Y esa circunstancia es extensible a la dualidad novela-película. Por término general, quién escribe novelas no lo hace pensando en que puedan ser llevadas a otro medio como quién escribe en español no se plantea en principio que unos hipotéticos lectores terminarán leyéndolo en francés o alemán.

Hace unos meses, Lorenzo Silva se lamentaba en un artículo de que No es país para viejos, la última película de los hermanos Coen, traicionaba el espíritu del texto de Cormac McCarthy en el que se inspiraba, desvirtuando en gran medida la esencia y el mensaje de la novela. Un par de meses atrás, yo mismo juraba en arameo al comprobar como la película Soy Leyenda no sólo traicionaba la perspectiva original del texto de Richard Matheson —mucho más profunda, oscura e inquietante— sino que, por adulterar, llegaba incluso a desvirtuar el propio sentido del título al convertir una de las obras cumbre de la literatura de ciencia ficción en un remedo sensiblero y moralista. La «leyenda» en la que Neville, su protagonista, terminaba por convertirse en la película distaba mucho del significado que Matheson le atribuía en su novela.

No se trata en absoluto de debatir la calidad cinematográfica de las películas mencionadas. Una película puede ser una obra maestra en su ámbito y destrozar literalmente el texto en el que se basa. Un claro ejemplo: Blade Runner. La cuestión es que, con relación a los textos literarios, hay una circunstancia que, por obvia, quizá no debería ni ser comentada: cada uno de nosotros, cuando llevamos a cabo el ejercicio de recrear un texto literario, aloja en su mente una visión propia y personal de la obra que evalúa, una interpretación propia de los contenidos, un universo propio, una «lectura propia» en el sentido más literal del término. No hay dos personas que lean el mismo libro y lo hagan de la misma manera. No existen dos personas que imaginen el mismo escenario, los mismos matices, los mismos personajes de la misma manera. Quizá, en eso consista gran parte de la magia de la literatura. Es asumible y aceptable. Y por ese motivo, no me resulta incomprensible entender que una adaptación cinematográfica no es más que la visión personal que de un texto ha tenido el director que la lleva a cabo y que la película no es más que su forma de trasladarla a imágenes.

Lo que ya me resulta algo más incompresible es cómo, en el caso de algunos de ellos, un director puede albergar una visión que, aunque diferente, es tanto o incluso más preciosista que el texto que dio origen a la película —baste mencionar, además del Blade Runner antes citado, otros ejemplos como El nombre de la rosa de Annaud o Los Santos Inocentes de Mario Camus— y otros son incapaces, no ya de admirar, entender e interpretar sino siquiera de descubrir las cualidades del texto que tienen delante de las narices. O las entienden de forma errónea. O las entienden de forma correcta y lo destrozan al trasladarlas a un medio gobernado por unos patrones, un lenguaje y unos matices diferentes.

Sólo espero que si a alguien, el día de mañana, le asalta la locura de trasladar a imágenes a Fernández Durán, Jaime Areta, Alfonso Heredia o Miguel Cortés —que algo de eso hay—, no termine por horrorizarme el resultado. Al menos, no en exceso.

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4 comentarios:

Anonymous child in time ha dicho...

Llevas mucha razón en todo esto que cuentas, Pedro. Pero también hay que distinguir entre llevar al cine una novela y hacer una película basándose en una novela. A mi entender lo difícil es lo primero. Sumo a tu lista "El viaje a ninguna parte" y "El río que nos lleva".
Lo segundo, hacer una película basada en una novela, permite al director destrozar o variar, a gusto propio, desde el argumento hasta el guion o los personajes. Una misma novela puede ser inspiración de muchas películas distintas. Creo que este punto de partida no siempre es acertado, como tú dices, pero hay ocasiones que sí. Fue gracias a que Uribe se basó en "Días Contados" de Juan Madrid que logró superar con creces la novela.

14 de julio de 2008, 2:08  
Blogger Pedro de Paz ha dicho...

Lo primero no sólo es lo dificil sino que sólo hay dos formas de hacerlo: bien o mal. No caben medias tintas.

Sin embargo, Child, lo segundo es lo realmente arriesgado. Asimilar, digerir e interpretar un texto a partir del cual el cineasta vuelca su porpia lectura no es fácil ya que se arriesga a quedar como un autentico imbécil si demuestra no haber entendido nada de lo leído. Dicen que en el riesgo está la gloria. Y hay gente que la alcanza y otros que no.

Abrazos,
Pedro de Paz

16 de julio de 2008, 20:39  
Anonymous Rubén Sánchez Trigos ha dicho...

Don Pedro, no mente usted a la bicha. Lo digo por la adaptación de Soy leyenda, que siempre fue uno de mis libros favoritos. Lo que Hollywood ha hecho cón él no tiene perdón de nadie con un mínimo de buen gusto. Y mira que la película empieza bien, con esas imagenes apocalípticas de la ciudad vacía, capturando el espíritu oscuro de la novela. Pero en la última media hora la cosa se desmadra, y esa resolución que nos engrosan no puede ser más torpe, ingenua y chapucera. En un palabra, no puede ser más ridícula. Uno se queda con la sensación de que no han tenido el valor suficiente para llevar la historia hasta sus últimas consecuencias.

Una pena. Otra adaptación será.

P.D. Esperamos a Saldaña.

Abrazos
Rubén Sánchez Trigos

17 de julio de 2008, 17:25  
Blogger Pedro de Paz ha dicho...

Estimado Ruben: me alegra comprobar que, sobre este particular, coincidimos en gustos. Soy leyenda es, con toda seguridad, una de las mejores obras de ciencia ficcion que se han escrito jamás. No particularmente por la espectacularidad de su trama argumental -que la tiene- sino por el eficaz virtuosismo narrativo con el que Matheson sabe expresar el contrasentido de la dualidad "normalidad-anormalidad" (¿Qué es lo normal y qué lo atípico?) desde una perpesctiva social y la desgarradora y asfixiante imagen que nos muestra de la soledad y el aislamiento continuado.

Le agradecería que me diese su opinión hacer de la reseña que escribí hace unos meses sobre Soy Leyenda (la novela). Puede usted encontrarla en el menú de la izquierda, en la sección Sala de Lectura

Un abrazo,
Pedro de Paz

PS.- Esperemos a Saldaña. ;-)

18 de julio de 2008, 11:55  

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