Mentiras completas y verdades a medias



miércoles, 19 de enero de 2011

Cultura libre

Hablo con el amigo Sergio Izquierdo, que colabora con una emisora de radio llamada Onda Expansiva, para llevar a cabo una entrevista con motivo de la reedición de El hombre que mató a Durruti. La conversación se celebra vía telefónica y transcurre con cordialidad. Sergio es un gran tipo y hay complicidad. Hablamos de esta nueva edición, del perfil de la novela, de las novedades que incluye. En un momento dado surge la cuestión de la traducción del texto al inglés. Le explico como surgió el asunto, la satisfacción que supone el ser traducido a otro idioma, cómo se pusieron en contacto conmigo y lo orgulloso que estoy del resultado, que incluye unas impresionantes láminas del excelente ilustrador Richard Warren. En ese momento, Sergio me pregunta:

—¿Y la edición en griego? ¿También resultó de tu agrado?

Tengo que confesarle que no sé de qué me está hablando. Tras comentarle mi sorpresa, la entrevista transcurre por otros derroteros y una vez terminada, fuera de micrófonos, me amplia el dato. Hace unos meses él estuvo en Grecia y tuvo ocasión de tener entre sus manos un ejemplar de la edición en griego de El hombre que mató a Durruti.

—¿Pero te refieres a una edición digital, alguien que se ha dedicado a escanear la novela y a colgarla de algún sitio?
—No, no. Edición en papel.
—¿Pero fotocopias de la edición en castellano o en inglés? ¿Impresión de un PDF o algo así?
—No, no. Una edición traducida, maquetada, editada e impresa. Incluso tiene su propio diseño de portada. Se vende en Grecia.


En resumen, al parecer, un colectivo griego de carácter antisistema e ideología libertaria ha decidido, motu proprio y sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo, ejercer de editores y «liberar» (son sus palabras textuales) mi novela en su país. El texto incluso se encuentra a la venta en Protoporia, una especie de Amazon de ámbito griego, al precio de 3,83 euros. Precio más que razonable teniendo en cuenta que se pasan el abono de derechos de autoría y propiedad intelectual por el mismo forro del arco del triunfo. Tenemos, en definitiva, un texto del que todo el mundo (editor, distribuidor, vendedor, lector) obtiene algún beneficio (o, al menos, no pierde pasta)... excepto su legítimo creador.


Mecagon tó. Me acaban de hacer un griego con todas las de la ley.

Vaya por delante la satisfacción que pueda suponer el tener constancia de que un texto tuyo suscita interés en un amplio rango de lectores. Nada que objetar. Pero eso no tiene que ver con la cuestión. El problema es que de la satisfacción no se come. Y esto, como he defendido en más de una ocasión, es un oficio como otro cualquiera, que se ejerce, se desarrolla con mayor o menos esfuerzo y genera (o debería generar) unos réditos con los que poder pagar las facturas diarias. Pero dejando al margen esa cuestión, existen otras igual de sangrantes. Como el hecho de que ni siquiera hayan tenido la deferencia o la cortesía de ponerse en contacto conmigo. Esa ausencia de consideración para con la persona que ha llevado a cabo el esfuerzo de desarrollar un trabajo, esa prepotencia que supone arrogarse el derecho a manejar a su antojo el resultado del esfuerzo de semanas o meses del trabajo de una persona es lo que me subleva hasta la nausea. Llámese edición pirata griega (SÍ, aquí hablamos con toda propiedad de piratas) o llámese descarga ilegítima y no consentida en Internet.

Qué menos que haberme preguntado, coño, que lo mismo hasta hubiera dicho que sí por un módico y razonable importe y todos tan contentos.

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miércoles, 20 de octubre de 2010

Remiendos ministeriales

Jooooder... El cuento de siempre. Ya ni se molestan en disimular que nos vacilan como quieren y nos las meten dobladas cuando les da la gana. Esto de mentir con todo el descaro del mundo y que nunca se les pase factura pro ello se está convirtiendo en una muy mala costumbre.

17/10/2010, Zapatero anuncia en Ponferrada que descarta una crisis de gobierno y que sólo cambiará al ministro de trabajo, Celestino Corbacho.

20/10/2010 (72 horas después). Zafarrancho general. Corbacho, fuera, como estaba previsto. También largan al sinsustancia de Moratinos, gracias al cielo, pero (¡PERO!) colocan en su lugar a Trinidad «RoadRunner Multifunción» Jimenez. Candidata a la Alcaldía de Madrid, Ministra de Sanidad, Candidata a la Comunidad de Madrid, Ministra de Exteriores...

Y Lorelay Pajín, ministra de Sanidad... (¡Dios!).

Y se nos va Bibi Landstrumg (¡Loado sea el señor! Lo que viene por lo que se va...).

Y también marcha Teresa de la Vogue.

Y la inefable cartera de Vivienda (Beatriz Corredor) se integra en Fomento.

En una sociedad como la actual en la que tan elevado rango de competencias, materias y valoraciones debería exigir una indispensable especialización labrada durante años de esfuerzo y experiencia, no deja de maravillarme esta gente que, de la noche a la mañana, vale igual para un roto que para un descosido. Un grupo de gente que se nos vende como cualificadso profesionales de tan amplio y extenso bagage que les permite enfrentarse con solvencia a cualquier tarea encomendada, sea ésta del carácter que sea. Gente...

Mother of the beautiful love and virgin of the desamparados...

Y luego reprochan a los críticos el hecho de que se los ponga a parir...

¿Dónde se nacionaliza uno andorrano?

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viernes, 24 de septiembre de 2010

Por qué no estoy dispuesto a secundar la huelga general

Lo siento. No voy a hacerlo. Ya lo avanzaba aquí el pasado mes de junio y me reafirmo. No estoy dispuesto a regalar un sólo día de mi sueldo para que estos ganapanes sindicados cuya gestión y trayectoria no me representa terminen colgándose medallas que ni han peleado ni han ganado. Esos mismos que cuando tenían que haber puesto toda la carne en el asador y negociado de verdad con la patronal —antes de permitir que el gobierno legislara esta reforma laboral mediante el simpático método de «sí o sí»— se han limitado a lamerse su ciruelo y a esconder la cabeza bajo el ala entre sonrisas de autocomplacencia. Se atreven a pedir ahora a los trabajadores el esfuerzo de entregar un día de su sueldo para salvar los muebles y que sus saldos de popularidad les cuadren. Pues lo siento pero conmigo que no cuenten. Si mañana mismo convocase una huelga general la asociación de ferreteros jubilados de Santomera (un suponer), doy mi palabra —valga lo que valga ésta— de que yo estaré ahí, el primero en la barricada. Pero a beneficio —porque sin duda alguna el beneficio, el crédito y el alarde de poder mediático será para ellos. A nosotros sólo nos quitaran un día de sueldo. Y conformémonos con eso— de estos estómagos agradecidos que callaron cuando debían haber sido los primeros en alzar la voz en el momento oportuno, no doy ni la hora. Cuando tuvieron que estar, ni estaban ni se les esperaba. En su momento, un agudo y socarrón comentarista indicó que «los sindicatos permanecián en silencio en atención a su buen educación: es impropio hablar con la boca llena». Jamás leí esbozo más acertado de la situación. Y ahora se desmarcan con una convocatoria de huelga extemporánea en la que ni siquiera tienen los arrestos de convocarla contra el gobierno —que es quien, a la postre, gobierna y legisla— sino que son tan paniaguados que parecen convocarla contra la oposición, el capitalismo, la banca o el Sursum Corda —no sea que el gobierno vaya a mosquearse, les quite las ansiadas subvenciones y la liemos. Hasta para eso son serviles—. Lo dicho: conmigo, que no cuenten.

Realmente no sé cual es la solución más acertada. Asumo que no tengo todas las respuestas. Pero eso no me impide tener criterio. Y ese criterio es el que me dicta que «ahora no. Ahora no es el momento». El momento será la semana siguiente, o al mes siguiente o un día después, pero ESE (el 29 de septiembre) no es el momento. Porque no es cuestión de plantear la huelga en términos binarios, como si la próxima huelga fuese la última oportunidad o no hubiese más. No. No es así. Y porque, de tener éxito, lo único que va a conseguir esta huelga es la capacidad de los sindicatos de decirle al gobierno: «estos son mis poderes. Y cuidaito conmigo que soy peligroso. Ahora puedo obtener más de ti PARA MÍ». Capacidad entregada a cambio de nuestro sacrificio. Pero al día siguiente tú —y yo. Y aquél. Y Maroto el de la moto— vamos a seguir igual. Y seguiremos ad aeternum en lo que los que nos tengan que defender sean los que vemos y no hay más que remitirse a las pruebas: con una reforma laboral CONSUMADA entre pecho y espalda que estos sindicados de pacotilla ni han logrado tumbar, ni van a conseguirlo en un futuro ni están en disposición de hacerlo.

Así que el crédito y los puntales para que puedan seguir chupando del bote y viviendo del cuento que se los dé su pastelera madre. El día que haya una causa que no esté auspiciada por alguien con tan insuficiente autoridad moral y sin intereses bastardos —es decir, sin que las hostias se las lleve siempre el mismo y los beneficios, el otro de siempre— de por medio, allí estaré. Mientras tanto, que no cuenten conmigo. No voy a hacerle el caldo gordo a nadie y, mucho menos, a nadie que no lo merezca. No estoy dispuesto a contarle a mis nietos el día de mañana que fui uno de los primos que, con mi ilusión, mi buena fe y mis ganas de cambiar las cosas, contribuyó con una huelga general a afianzar en su puesto a una panda de sindicados incompetentes —que son los primeros a los que habría que echar. Antes incluso que a Zapatero— para que continuaran haciendo lo que han venido haciendo hasta ahora: joderme a mí y pactar con el enemigo en beneficio propio.

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martes, 21 de septiembre de 2010

Fariseos y Robin Hoods

«¿Qué opinión te merecería el hecho de que un autor —musical, literario, audiovisual— desease difundir sus obras bajo licencia Copyleft o GNU y que, en contra de su voluntad, se viese obligado a hacerlo mediante licencia Copyright porque alguien ajeno a él estima que esa es la forma más optima y adecuada para todos?».

Ante el planteamiento arriba escrito, la respuesta de más del 95% de los encuestados termina confluyendo siempre en dos términos: intolerable e inadmisible. Lo curioso es que esa condena se diluye entre excusas y pretextos vagos cuando el planteamiento invierte sus términos y hablamos de un autor que desea difundir su obra bajo licencia Copyright y ésta termina siendo distribuida de forma libre —e incontrolada— aun en contra de su voluntad y con su manifiesta oposición.

El problema no son las descargas, ni la tecnología ni todas esas herramientas que contribuyen positivamente a la difusión libre y voluntaria —voluntaria es la palabra clave— de la Cultura. La libre cesión de una obra propia, como opción, resulta algo de lo más digno y plausible. El problema no es el canal. Es lo retorcido y viciado del mensaje. El problema es la ausencia de honestidad. Y de respeto hacia la potestad del autor para hacer, tanto en un sentido como en otro, lo que estime oportuno con su propia obra. Y que conste que entiendo perfectamente el trasfondo de la tradicional diatriba entre los autores defensores del Copyright y los adalides de las descargas libres. El auténtico. Aquél que, salvo a tres iluminaos que de verdad se creen lo que predican, impulsa a la gran mayoría de legitimadores de las descargas de contenidos con Copyright y que no es otro que, ante la posibilidad de disfrutar de un determinado recurso de forma gratuita o mediante pago, se escoge la opción menos gravosa, aun a costa de enajenar el trabajo y el esfuerzo de otro. Respetaría —y lo digo completamente en serio— a alguien que me dijese: «Soy un jeta, pero disfruto de una gran cantidad de opciones sin necesidad de pagar un duro por ellas y sin preocuparme el que con ello exista la más mínima posibilidad de perjudicar a terceros. Las descargas gratuitas(*) son lo mejor que se ha inventado desde el pan con chocolate». Y lo respetaría porque, a pesar de su equivocado —según mi criterio— planteamiento, refleja en sí mismo un mínimo poso de honestidad. Lo que de verdad me saca de mis casillas es esa corriente que busca legitimar lo indefendible a base de premisas espurias cuando no delirantes, insultando la inteligencia de su interlocutor. Me saca de mis casillas toda esa cohorte de fariseos y Robin Hoods de la Cultura que, en aras de una supuesta justicia universal, pretende justificar lo injustificable, tratando de eliminar de un plumazo lo que, tanto por ley (LPI Art. 14.1; Art. 17) como por sentido común, resulta ineludible: que el autor es, legal y moralmente, el único legitimado para determinar cómo y de qué manera debe difundirse su obra. Y que su opinión es soberana a tal respecto. Y me irrita profundamente toda esa hornada de vendedores de crecepelo digitales que, al más puro estilo Enrique Dans, a base de soflamas populistas y jugando con el pan de otros, se dedican a arengar a las masas con el fin de obtener una notoriedad que, por sí mismos y por méritos propios, jamás obtendrían, para emplearla posteriormente en beneficio propio.

(*) Ante el delirante argumento escuchado en infinidad de ocasiones de que «las descargas nunca son gratuitas porque yo ya pago mi conexión a Internet» me gustaría apuntar que nunca el continente y el contenido fueron la misma cosa, que la conexión a Internet es un servicio de telecomunicaciones cuya responsabilidad y cometido termina en el momento en que se establece la conexión, independientemente de la finalidad de su uso, y que, de la misma manera, si compramos algo por correo, el pago del servicio de Correos o de los gastos de envío no nos exime del abono del propio producto.

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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Roma no paga traidores

Roma no pagaba traidores. En este país, algunos partidos políticos no sólo los pagan sino que, además, los elevan a la categoría de presidente del gobierno. Alguien capaz de dinamitar la estabilidad del gobierno de Patxi López —que, al margen de lo no siempre acertado de su gestión, es de lo poco merecidamente bueno que le ha ocurrido al País Vasco en los últimos años—, capaz de negociar con el PNV la aprobación de unos Presupuestos Generales que le ofrezcan pan para hoy y hambre para mañana, que le eviten verse obligado a convocar las temidas —por su parte— elecciones anticipadas y hacerlo a cambio de ofrecerse a poner a su propia gente a los pies de los caballos no merece otro calificativo. Sí lo merece, pero el decoro impide usarlo en público.

Pero lo más inquietante es plantearse que, si esto es lo que ha sido capaz de hacer Zapatero con los suyos, con el PSE, con la gente afín a su partido, ¿qué no le importará hacer en beneficio propio con el resto de los españoles? No recuerdo una voracidad tan deshonesta ni una indignidad tan rastrera desde los tiempos del Bienio Negro. Zapatero está a punto de conseguir lo que parecía imposible: hacer buena la gestión del que probablemente haya sido el político más nefasto que ha conocido la historia de España: D. Alejandro Lerroux. Que ya es echarle pelotas.

Roma no pagaba traidores. Y la verdad es que nosotros, los españoles, estamos empezando a estar muy hartos de hacerlo.

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jueves, 1 de julio de 2010

Decíamos ayer...

A raíz de la entrada de ayer he recibido unos cuantos correos electrónicos —y algún comentario que ha sido pertinentemente borrado del blog. No por su fondo, sino por sus formas. Consiento que se discrepe conmigo, lo que no consiento es que, en mi propia casa, se me miente a la madre— cuyo contenido oscila entre los que me reprochan que no considere justas las reivindicaciones de un colectivo de trabajadores y me increpan directamente llamándome señorito, vendido, aburguesado, aborregado, servil y otras cuantas lindezas más.

Aclarémonos.

Jamás he dicho que las reivindicaciones de los trabajadores de Metro de Madrid sean injustas. Reto a cualquiera a que demuestre que esas palabras han salido de mi boca o de mi teclado.

Si durante estos días —como en los mejores tiempos del caudillo de la voz de pito— las fuerzas del orden hubiesen impedido por la fuerza la convocatoria de huelga de los trabajadores de Metro de Madrid y hubiesen dispersado a la carrera a los piquetes «informativos», todos hubiésemos puesto el grito en el cielo —yo el primero, lo aseguro— por la fragrante vulneración de un derecho esencial recogido en nuestra constitución, un elemento legislativo que a este país le costó 40 años de represión, sangre y sudor. Gracias a Dios, la gran mayoría estamos de acuerdo en que la Constitución es un referente legislativo inamovible y que el justo derecho a la huelga, ganado a pulso durante muchos años de lucha, se recoge de forma inequívoca entre sus artículos. Y contra eso hay muy poco que objetar. La huelga de los trabajadores del Metro de Madrid es absolutamente lícita, se mire por donde se mire.

Pero el juego de la democracia consiste en respetar las leyes promulgadas por consenso. O cambiarlas si se consideran injustas o lesivas. Pero mientras continúen vigentes, su obligado cumplimiento es de vital importancia para que la maquinaria siga funcionando de forma equitativa y con unas mínimas garantías para todos. Y la misma norma legislativa que —de forma absolutamente lícita, repito— considera inviolable el derecho a la huelga establece a su vez el respeto de unos servicios mínimos —considero igual de válidos un 50, un 30 o un 15 por ciento. Pero, aunque mínimos, hablamos de prestar servício— que causen el menor dolo posible a aquellos que no son objetivo directo de la reivindicación que se reclama. Para evitar los «daños colaterales» de quienes, en inferioridad de condiciones, son ajenos al dilema que se debate. Para que, de mala fe, no se vulneren ni se lesionen los derechos de otros ciudadanos que también son acreedores de ellos.

El juego de la democracia no establece que los ciudadanos debamos acatar cuarto y mitad de legislación o expurgar de las leyes aquellas partes que no nos gustan o que resultan incómodas para nuestros intereses. Las leyes se promulgan o se derogan, pero jamás se vulneran. Porque, para todo ciudadano, sin excepción, la vulneración de la ley es un delito. De la misma manera que hubiese sido un delito impedir y sofocar la huelga mediante el uso de la fuerza. El respeto por el consenso, por los derechos de los ciudadanos —de TODOS los ciudadanos— y el fair play no merece menos.

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miércoles, 30 de junio de 2010

Candidiasis, Toxoplasmosis y otras parasitosis

A los responsables sindicales de Metro de Madrid se les llena la boca al hablar acerca de la estricta legalidad de su derecho a la huelga —circunstancia que, por cierto, nadie discute—, exhibiendo afectados y sonoros golpes del pecho al aducir que tal derecho está protegido y respaldado por la propia Constitución, ley de leyes de la jurisprudencia de este país. Lo que ya pronuncian con la boca chica o susurran por la bajini es que el mismo artículo constitucional que garantiza su derecho a la huelga, también garantiza que «...la ley que regule el ejercicio de este derecho establecerá las garantías precisas para asegurar el mantenimiento de los servicios esenciales de la comunidad...» (Art. 28.2 de la Constitución Española). Y que, como dicen en mi pueblo «o follamos todos o tiramos la puta al río». O aceptamos TODOS los términos de la ley o no aceptamos ninguno. Lo que no es ni serio ni de recibo es aceptar la mitad, la cuarta parte o los trece octavos de un artículo legislativo —para ser exactos, la parte que nos interesa— y omitir el resto. Y lo que ya resulta del todo inadmisible es la temerosa irresponsabilidad con la que, con relación a este asunto, se han manejado los máximos responsables de los sindicatos mayoritarios de este país al apoyar y promover una huelga sin servicios mínimos —garantizados por ley, exactamente la misma ley que garantiza su huelga, no lo olvidemos— de una prestación tan esencial como supone el transporte público. Que no se nos olvide —al menos a los ciudadanos de Madrid— que se trata de los mismos elementos que pretenden conducirnos a una huelga general el próximo 29 de septiembre. Les sugiero a estos elementos que, con ánimo de hacer proselitismo al respecto, se acerquen hoy a pie de calle a los dos millones de trabajadores que abarrotan los autobuses de Madrid y que han visto pisoteadas sus garantías legales para ejercer su derecho al trabajo. Que creo que los van a acoger con los brazos abiertos.

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martes, 29 de junio de 2010

De la zafiedad considerada como una de las bellas artes

A raíz de la lúcida y precisa reflexión que el amigo Paco Gómez Escribano ha incluido en su blog y tras saltar por los blogs de algunos de sus comentaristas, he ido a parar al siguiente —estremecedor— documento gráfico.


La incultura, la ausencia de conocimientos o el no haber podido —o incluso no haber sabido— estudiar no tiene necesariamente porqué ser algo reprochable o risible. Cada persona es un mundo. Las más de las ocasiones resulta complicado ponerse en el pellejo del otro y profundizar en las circunstancias que han conducido a alguien hasta una situación concreta, bien sea voluntaria o involuntaria. Pero nadie en su sano juicio duda de la ventaja que supone el conocimiento frente al desconocimiento, el saber frente al no-saber. El auténtico problema no reside en no saber. El auténtico problema reside en jactarse de tal circunstancia y hacer de ello una bandera. El problema está en convertir el desconocimiento, la vanagloria, la petulancia y la zafiedad en un modo de vida y sentirse orgulloso de ello. Como si, hoy en día, la capacidad de aprender, de pensar, de discernir y de tener criterio —y, sobre todo, adquirir las bases necesarias para hacerlo de forma solvente— se hubiese convertido por sí mismo en un penoso lastre, un lamentable modo de complicarse la vida. Como si nuestra meta en la vida pasase por una nueva forma de culto en la que el supremo becerro de oro a adorar fuese la imagen de quien protagoniza el video arriba incluido y sus ¿planteamientos vitales?, los nuevos dogmas de fe. «Mi mundo es mejor que el tuyo porque mi ausencia de conocimientos e inquietudes intelectuales lo hacen más sencillo, menos complicado. Yo, con una consola de videojuegos y un porrito a media mañana tengo solucionado el día. No necesito conocer ninguna mandanga más que me lleve a complicarme la vida». Hacer del anterior enunciado una filosofía de vida es lo que resulta verdaderamente inquietante. Y sobre todo peligroso. Porque al renunciar a conocer los rudimentos de aquello que nos rodea estamos renunciando a su vez a disponer del criterio fundamentado que nos concede dicho conocimiento. Y no parecemos —o no queremos— darnos cuenta de que, sin capacidad de criterio, facilitamos la tarea a aquellos que, a diario, nos sojuzgan, nos conducen y tratan de movernos a través de los caminos que más les convienen. Sin criterio siempre nos fallará la base de nuestra argumentación. Jamás dejaremos de ser un ladrillo más en el muro, sin capacidad ni medios para poner coto a los abusos que continuamente sufrimos, comenzando por el jefe que gobierna nuestra empresa y acabando por los políticos que gobiernan nuestros destinos. Y luego nos quejamos airados y lloramos por los rincones cuando nuestro jefe nos engaña y nos explota o nuestros políticos nos estafan y nos manipulan como quieren.

Y lo más lamentable de todo es que los adalides de esta nueva corriente de neonihilismo ni tan siquiera parecen ser conscientes del pozo en el que ellos mismos se introducen.

Realmente lamentable.

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miércoles, 9 de junio de 2010

Huelga general

Si alguien me para por la calle y me pide que participe en una colecta para erradicar el hambre en África, no tendría el menor inconveniente en ofrecer un donativo con el fin de ayudar a paliar tan dramático problema. Si quien hace tal petición es un tipo lenguaraz y malencarado que acaba de salir de un bingo y al que aún le asoman por la solapa del bolsillo los cartones de la última partida mientras, en su otra mano, sostiene un vaso de whisky, obviamente no estoy dispuesto a darle ni un solo duro. Y todavía se llevaría un par de hostias si se pone tonto.

No es el motivo ni la finalidad, es una cuestión de credibilidad. Es el quién y el cómo.

Si hay algo que tengo meridianamente claro es que, en caso de convocarse una huelga general, yo no estoy dispuesto a sumarme a ella. No porque no me parezcan lícitos sus planteamientos ni justas sus reivindicaciones sino porque hace tiempo que dejé de creer y confiar en quien está tras la botadura de ese barco de incierto rumbo. Hace tiempo que dejé de creer y confiar en aquellos que se han estado haciendo arrumacos con ese gobierno contra el que ahora dicen protestar airadamente mientras este país alcanzaba cuatro millones de parados. Hace tiempo que dejé de creer y confiar en quien, haciendo gala de buena educación y maneras, durante todo este tiempo en el que nos hemos ido despeñando cuesta abajo no ha dicho ni una sola palabra, seguramente porque «es de mala educación hablar con la boca llena».

Hace tiempo que dejé de creer en la labor de los sindicatos. Al menos, en los de este país.

Sé que mi opinión no es minoritaria. Me consta que hay muchos más que piensan de esta misma manera. Pero ello tampoco es motivo para que el gobierno se ufane echando las campanas al vuelo. No es que la tibia aceptación que, a día de hoy, tendría una huelga general sea mérito suyo. Es que han tenido la inmensa fortuna de que sus adversarios en esa contienda convencen aún mucho menos que ellos.

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viernes, 21 de mayo de 2010

Encantadores de serpientes

«Esta subida de impuestos la van a pagar los ricos», claman desde instancias del gobierno. Lo cierto es que como declaración de intenciones está bastante bien. Populista, pero bastante bien. Suena de maravilla y hasta desprende cierto tufo a justicia social. Sobre todo teniendo en cuenta que ahora resulta necesario congraciarse con la opinión pública después del tijeretazo infligido a los derechos sociales de ciudadanos y trabajadores —insisto de nuevo en el concepto. Con ciertos privilegios o no, los funcionarios siguen siendo curritos—. Y lo que, me temo, aún nos quedará por ver.

Pero vamos a demostrar —again— a estos vendedores de humo que no nos chupamos el dedo y que, gracias a ellos, cada español prácticamente posee un doctorado en análisis de demagogos, charlatanes y vendedores de pócimas crecepelo.

1) Desde que el mundo es mundo, la vida es vida y la economía una ciencia se sabe que, ante la necesidad de recaudar dinero por parte de un estado, la forma efectiva de hacerlo es cobrarle un euro a diez mil personas, no cobrarle 100 euros a treinta. Por lo que mucho nos tememos que el truco no va a consistir en cobrarle cantidades astronómicas a aquellas personas adineradas que puedan pagarlas sino en perfilar y establecer el límite que determinará tal estatus. ¿Quién será rico? ¿El que gane más de trescientos mil euros al año? ¿Cien mil? ¿Sesenta mil? ¿Treinta mil? Al final de todo esto, la única consecuencia y deducción posible es que USTED será rico, no lo dude.

2) Una de las consecuencias de la nueva economía es que el dinero se convierte en un elemento sumamente volátil. Y con la libre circulación de capitales vigente en Europa aún mucho más. Usted y yo no podemos —o no nos sale a cuenta— domiciliar nuestra nómina en una cuenta de un banco suizo. O belga. O alemán. Pero alguien que maneja su capital en cientos de miles de euros sí. En un hábil ejercicio de lógica deductiva, adivine quién mantendrá cautivo su mermado patrimonio y quién, por contra, se llevará su capital fuera del país en cuanto le hostiguen un poco más de lo imprescindible. Es decir, quién, al fin y al cabo, acabará pagando el aumento de impuestos cuando no haya ningún otro capital del que echar mano. En efecto. Esos mismos.

3) La medida de tratar de sacar dinero a los ricos, por muy honorable, justa y equitativa que aparente en su planteamiento teórico, es, en sí misma, idiota desde el mismo momento de su concepción. Como todo el mundo perfectamente sabe, los auténticos ricos, los ricos pata negra, los que podrían sufragar holgadamente una buena cantidad de medidas sociales con su patrimonio, JAMÁS tienen han tenido ni tendrán dinero. A título de curiosidad me encantaría contemplar una declaración de la renta o de patrimonio de Emilio Botín. Y ver los bienes e ingresos que genera. A su nombre. Testaferros y fideicomisos aparte.

Con esto damos por concluida la unidad didáctica de hoy. Hasta la siguiente.

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