Cultura libre
—¿Y la edición en griego? ¿También resultó de tu agrado?
Tengo que confesarle que no sé de qué me está hablando. Tras comentarle mi sorpresa, la entrevista transcurre por otros derroteros y una vez terminada, fuera de micrófonos, me amplia el dato. Hace unos meses él estuvo en Grecia y tuvo ocasión de tener entre sus manos un ejemplar de la edición en griego de El hombre que mató a Durruti.
—¿Pero te refieres a una edición digital, alguien que se ha dedicado a escanear la novela y a colgarla de algún sitio?
—No, no. Edición en papel.
—¿Pero fotocopias de la edición en castellano o en inglés? ¿Impresión de un PDF o algo así?
—No, no. Una edición traducida, maquetada, editada e impresa. Incluso tiene su propio diseño de portada. Se vende en Grecia.
En resumen, al parecer, un colectivo griego de carácter antisistema e ideología libertaria ha decidido, motu proprio y sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo, ejercer de editores y «liberar» (son sus palabras textuales) mi novela en su país. El texto incluso se encuentra a la venta en Protoporia, una especie de Amazon de ámbito griego, al precio de 3,83 euros. Precio más que razonable teniendo en cuenta que se pasan el abono de derechos de autoría y propiedad intelectual por el mismo forro del arco del triunfo. Tenemos, en definitiva, un texto del que todo el mundo (editor, distribuidor, vendedor, lector) obtiene algún beneficio (o, al menos, no pierde pasta)... excepto su legítimo creador.

Mecagon tó. Me acaban de hacer un griego con todas las de la ley.
Vaya por delante la satisfacción que pueda suponer el tener constancia de que un texto tuyo suscita interés en un amplio rango de lectores. Nada que objetar. Pero eso no tiene que ver con la cuestión. El problema es que de la satisfacción no se come. Y esto, como he defendido en más de una ocasión, es un oficio como otro cualquiera, que se ejerce, se desarrolla con mayor o menos esfuerzo y genera (o debería generar) unos réditos con los que poder pagar las facturas diarias. Pero dejando al margen esa cuestión, existen otras igual de sangrantes. Como el hecho de que ni siquiera hayan tenido la deferencia o la cortesía de ponerse en contacto conmigo. Esa ausencia de consideración para con la persona que ha llevado a cabo el esfuerzo de desarrollar un trabajo, esa prepotencia que supone arrogarse el derecho a manejar a su antojo el resultado del esfuerzo de semanas o meses del trabajo de una persona es lo que me subleva hasta la nausea. Llámese edición pirata griega (SÍ, aquí hablamos con toda propiedad de piratas) o llámese descarga ilegítima y no consentida en Internet.
Qué menos que haberme preguntado, coño, que lo mismo hasta hubiera dicho que sí por un módico y razonable importe y todos tan contentos.
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