Vaya por delante que no tengo nada en contra de la música
rap. Todo lo contrario. Sin ser ni mucho menos de mis favoritos, siempre he albergado cierta querencia hacia este estilo musical. No en vano uno se ha criado en Alcorcón en una época muy concreta y ya paraba por
El Sapo Azul cuando por aquí sólo había algún que otro
breaker —uno trató de hacer sus pinitos pero prefiero olvidar tamaño desatino—, tres
BBoys y el gato. Admiro y respeto mucho el ingenio que desbordan las
peleas de gallos bien hechas, los
freestyle con estilo y la dificultad que supone trabajarse un
flow —melodiosidad en la cadencia de las frases— con clase y bien hecho. Hasta ahí, nada que alegar. Respeto,
man.
Existe un fenómeno en USA que, por diversos motivos, siempre me ha resultado muy llamativo: el movimiento
gangsta. De carácter eminentemente marginal e íntimamente ligado a determinadas tendencias dentro del
rap y el
hip hop, el
gangsta, para muchos, más que una corriente o un modismo, supone una forma de vida basada en la sublimación de la violencia callejera, las drogas, el dinero
fácil, las armas, el lujo y la vida rápida y a tope. Dicho movimiento —que incorpora sus propios códigos y convenciones morales y sociales— tuvo una fuerte implantación en los años ochenta y noventa, particularmente en los barrios marginales de las grandes urbes de ambas costas estadounidenses (la este y al oeste), donde la vida en la calle, en conjunción con la ausencia de perspectivas de futuro, los pandilleros y la libre circulación de armas formaban una combinación realmente peligrosa.
Existe un fenómeno en España que, por diversos motivos, siempre me ha provocado bastante risión. Y vicisitud —como diría un amigo—. Y vergüenza ajena: la traslación directa, sin matices ni adaptación, del fenómeno
gangsta. Salvando las obvias distancias, hace ya muchos años que nosotros ya contábamos con nuestro propio fenómeno
gangta: el movimiento
kinki. Desde tiempo inmemorial, por las esquinas de los barrios marginales de las grandes ciudades españolas se cantaban canciones —no eran
Drum & Beat, cierto, eran más de tipo
lolailo, pero, para el caso, nos valen— glosando las heroicidades de figuras como
El Vaquilla,
El Torete o los riesgos —y la gloria— de vivir deprisa y apostar fuerte. Historias cercanas de situaciones cercanas. Pero la risa por lo bajinis surge cuando uno contempla cómo se intenta coger un fenómeno de eminente idiosincrasia foránea como es el
gangsta y transportarlo, directamente y por la patilla, a Vicalvaro, a Pino Montano o al Poble Sec manteniendo inalterados sus modismos, sus ritos, su identidad y su
background social y cultural. Una puntualización: nada que objetar a las libertades personales en lo que no vulneren ni coarten las libertades de los demás. Si, por ser admirador del
Western, me apetece vestirme con zahones, botas, espuelas, pañuelo al cuello y sombrero Stetson y me dedico a pasear por la Gran Vía, estaré en mi perfecto derecho de hacerlo, pero a su vez no debería sorprenderme el que mi
reivindicación mueva más al choteo que a la admiración.
Freedom for all of us. Pero que cada palo que aguante su vela. Y cada perro, que se lama su cipote.
Dicho lo dicho, veamos los dos ilustrativos ejemplos que me han movido a la redacción de esta entrada.
TITO MCLas poses de aquí, el amigo, son toda una declaración de intenciones. Por disponer, hasta dispone de entrada propia
en la Frikipedia. Pero en lo que resulta realmente insuperable es en las letras de sus canciones. Es el puto rey de la lírica. La única persona en el mundo capaz de rimar en la misma frase
foca con
boca y
mucho con
capusho (¿¿??) y quedarse tan tranquilo. Escuchemos, escuchemos....
GUTY MONTANAOtro que tal baila. ¡Dios!, cuanto daño hizo en este país la película
Electric Boogaloo... Al
Tito Mc al menos se le entienden las tontunas. A éste, ni siquiera eso.
Una risión, oigan.