Mentiras completas y verdades a medias



domingo, 7 de febrero de 2010

Letras españolas o el peligro de ser literato en este país

Mi amigo, el insigne escritor Miguel Baquero, comenta en su blog una anécdota entrañable y divertida —como todas las suyas— acerca del emblemático edificio de la Puerta del Sol que alberga en su azotea el anuncio de Don Pepe. Buscando entre los recovecos de mi memoria termino por recordar que en los bajos de dicho edificio —que en su época era el Hotel París— se alojaba el Café de la Montaña, lugar asiduo de tertulias literarias en el Madrid de finales del siglo XIX. Y junto a ese recuerdo llega hasta mí la figura de Valle Inclán. Porque, casualmente, he pasado recientemente por el Callejón del Gato, lugar en el que el genial escritor coligió la idea primigenia del esperpento como figura literaria. Y al leer al entrada de Miguel Baquero ha vuelto a mi memoria un peculiar y esperpéntico —por qué no decirlo— episodio, uno de los muchos, que jalonan la historia de las letras españolas.

A comienzos del siglo XX los intelectuales de la época frecuentaban asiduamente las llamadas tertulias de café, única forma de conocerse y entrar en contacto con los círculos culturales en el Madrid de la época. Pero, en contra de lo que se podía pensar, dichas reuniones no eran precisamente un dechado de virtudes, buenas maneras y saber estar. En tales cenáculos corrían que daba gusto las envidias, los contrastes y la diversidad de opinión, de corte político la mayor parte de las veces. La esgrima dialéctica estaba a la orden del día y las enemistades también. Valle Inclán, al igual que la gran mayoría de los intelectuales de la época —Pío Baroja, Unamuno, Azorín, Jacinto Benavente…— frecuentaba de forma asidua dichas reuniones. Una tarde de julio de 1899, en el Café de la Montaña, coinciden entre otros Valle Inclán y el periodista Manuel Bueno. En la mesa en la que ambos se reúnen se charla, entre muchas otras banalidades, de la reciente disputa entre un aristócrata llamado López del Castillo y un artista portugués llamado Leal da Camara. Una disputa que terminó en emplazamiento de duelo con padrinos y toda la parafernalia. En un momento de la conversación, Manuel Bueno aboga porque el asunto quedará en aguas de borrajas ya que el portugués es menor de edad y las leyes de honor le impiden participar en un duelo. Valle Inclán, bastante exaltado por la deriva de la conversación, le espeta al periodista «no sea usted majadero, que no tiene ni idea de eso». El periodista, visiblemente ofendido, se levanta de su asiento y alza su bastón amenazante. El viejo cascarrabias coge una botella y hace ademán de agredir con ella al periodista al grito de «majadero, majadero». Manuel Bueno se defiende como puede y, en el fragor de la pelea, descarga un fuerte bastonazo sobre el brazo de Valle Inclán. A resultas del mismo, el escritor gallego tuvo que ser atendido en la cercana Casa de Socorro de la calle Navas de Tolosa donde se le apreció una herida contusa al lado de la muñeca del brazo izquierdo. La leyenda popular apunta a que, con el bastonazo, se le clavó en la carne un gemelo de la camisa y que dicha circunstancia le provocó una herida que terminó por gangrenarse obligando a amputar el brazo. El parte médico de ese día, emitido por el doctor Manuel Barragán Bonet, desmiente tal hipótesis. Lo cierto es que, una vez personados en la Casa de Socorro, se le atiende, se le venda el brazo y aquí paz y después, gloria. Pero la mala fortuna quiso que la herida conllevase una fractura de cubito y radio que pasó inadvertida para los facultativos que lo atendieron y que hizo que, tras varias noches sumido el atroces dolores, el escritor se personase en la Casa de Salud del Paseo de la Castellana, descubriendo que la inadvertida fractura ha provocado una grave infección interna que amenaza gangrena y que se hace necesario amputar parte del brazo para atajarla.


La imaginería de la época, alimentada en gran medida por la socarronería del propio Valle Inclán, provocó un sin numero de teorías, a cada cual más disparatada, acerca de la pérdida de su brazo. Que si «se lo había comido un león durante una expedición en África», que sí lo había perdido «un día al rascarse dentro de la barba»… Pero lo cierto es que la verdad del asunto fue bastante más prosaica.

Para que luego digan que los escritores son gente sensible y civilizada. Pendencieros. Eso es lo que son. Unos pendencieros.

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15 comentarios:

Blogger Paco Gómez Escribano ha dicho...

Es cierto que en todas las épocas existieron escritores a la gresca. Creo que en general, los que escribimos, tenemos ese poso de vanidad, aunque no lo queramos reconocer. Escribir es un ejercicio no exento de dificultades. Cuando terminamos una novela es inevitable que nos sintamos orgullosos y nos volvemos susceptibles.
La gresca literaria es algo inherente a la Literatura y que, bajo mi punto de vista, enriquece, ya que nadie como un escritor para cargar de dardos envenenados sus palabras.
Caballero Bonald contra César Vidal, Javier Marías contra Rafael Reig, Rafael Reig contra todos, Valle, Umbral y Cela contra el mundo, Pérez Reverte ante el mundo, Vargas Llosa y Gabo, Juan Ramón y Neruda, Góngora y Quevedo. Literaturas a la gresca. Que no pare la música.
Un abrazo.

7 de febrero de 2010, 10:13  
Blogger Pedro de Paz ha dicho...

De acuerdo en parte, Paco. La gresca tiene ese poso divertido que tiene este mundillo cuando se convierte en circo. Sin esas grescas nos habríamos perdido, por ejemplo, las épicas puyas entre Quevedo y Góngora. Entiendo la disputa, pero no entiendo la animadversión. No entiendo -o no quiero entender- el origen de esos odios cervales que en ocasiones se ven.

7 de febrero de 2010, 10:32  
Blogger Paco Gómez Escribano ha dicho...

Las grescas literarias son divertidas, Pedro, pero vistas desde fuera. Yo que acostumbro a hacer reseñas, son muchas las que dejo de hacer sencillamente porque no me ha gustado la novela o el estilo del escritor. Prefiero no hacerla a poner verde a alguien que seguramente ha escrito su novela con cariño. Tampoco entiendo mucho las críticas de compañeros a compañeros, no me gustan los jaris. Pero reconozco que una pelea dialéctica entre dos tipos que dominan las letras tiene su puntito. Un abrazo.

7 de febrero de 2010, 13:42  
Blogger Antonio de Castro ha dicho...

Pedro, ¿qué pasó luego con Manuel Bueno?
“Javier Marías contra Rafael Reig, Rafael Reig contra todos, Valle, Umbral y Cela contra el mundo, Pérez Reverte ante el mundo”: muy bueno eso, Paco.

7 de febrero de 2010, 14:42  
Blogger Pedro de Paz ha dicho...

Con relación al episodio de Valle Inclán, Antonio, Manuel Bueno y el escritor terminaron haciendo las paces. Valle le vino a decir algo así como que "aún le quedaba el otro brazo, que era el de escribir". Genio y figura. Lo cierto es que Valle jamás pareció darle excesiva importancia a la pérdida del su brazo. Al parecer, Manuel Bueno terminó sus días en Barcelona, fusilado por milicianos republicanos durante los inicios de la guerra civil.

Abrazos.

7 de febrero de 2010, 17:12  
Blogger Guido Finzi ha dicho...

Desconocía los pormenores de cómo Valle Inclán perdió su brazo. Con ello, me hiciste pensar en todos esos que hoy, presumen de haber corrido delante de los grises muchos años atrás. Supongo que es un síntoma más de esta moda por tergiversar la historia, comenzando por lo propio y continuando por lo universal.

Un saludo

7 de febrero de 2010, 20:41  
Anonymous Child in time ha dicho...

De lo que se corrió por la voz, también se dijo que Valle no era un tío muy limpio y que la infección le vino por la mierda en el gemelo.
Está claro que ahora nos reímos de la escena, pero perder el brazo es una gran putada. Hoy en día no sería Manuel Bueno el culpable, sino los médicos por no haber diagnosticado la ruptura de huesos

7 de febrero de 2010, 20:52  
Anonymous Intrigado ha dicho...

La envidia cuando no se expresa ni se nota.Cuando se manifiesta sea con insultos o con sarcasmos, es una agresion y como toda agresion es la respuesta a un ataque.Los escritores tienen la sensibilidad a flor de piel(por eso son escritores) y pueden creer que el exito de los demas menoscaba el suyo propio.

8 de febrero de 2010, 11:47  
Blogger hawai05 ha dicho...

o sea que a valle se le podria denominar el manco de madrid no ????
y ademas se puede decir que es leyenda urbana que perdio el brazo por no pagar los cafes aquel dia ???

8 de febrero de 2010, 15:22  
Blogger alitina ha dicho...

Lo que conocía del caso no incluía la no sospechada fractura maligna. Sí lo del gemelo, y alguna especie de leyenda o no, que el propio interesado vertió a propósito de duelo por disputas amorosas, etc...
Bueno, respecto a los enfrentamientos entre escritores, bien está "Yo te untaré mis obras con tocino / porque no me las muerdas, Gongorilla...", y cosas semejantes, pero que uno se convierta en manco...
En todo caso es muy grave que en Galicia Valle-Inclán no tenga reconocimiento fuera de los estudios reducidos de Literatura española y no lo representan porque ... ¡pretenden traducirlo al gallego! Cada vez que me imagino "Luces..." en gallego, veo un cheli madrileño en la taberna de la Picalagartos que te cagas...

8 de febrero de 2010, 23:39  
Anonymous Anónimo ha dicho...

!valle en gallego!! !!Qué horror!!!

!En cambio, qué bonito suena el castellano de Divinas Palabras, mucho mejor que el paleto-gallego que se halba en las aldeas en las que sucede la trama de la obra!!Por favor y Shakespeare en castellano supera el original!

9 de febrero de 2010, 15:07  
Anonymous Trancos ha dicho...

Lo de Góngora y Quevedo no fueron meros duelos florales. Por lo visto, Góngora, ya mayor, se buscó la ruina por su afición a los naipes (“Vivió en la ley del juego, y murió en la del naipe, loco y ciego” según D. Francisco). Quevedo compró sus deudas sólo para darse el gusto de embargarle. Le echó de su casa y Góngora, arruinado y viejo, hubo de retornar a su Córdoba natal donde murió al poco tiempo.

9 de febrero de 2010, 21:16  
Blogger Miguel Baquero ha dicho...

Hostía, amigo, muchas gracias por nombrarme y estarás conmigo en que es una lástima que se haya clausurado ese café, aunque a lo último estuviera convertido en simple bar. También es una pena que se hayan perdido esas grescas tan grandes entre gente que escribe, ¿qué te parece si las recuperamos este domingo a sable o pistola, lo qu prefieras? Todo sea por mantener la tradición, amigo.

Lo dicho arriba: muchas gracias

9 de febrero de 2010, 23:07  
Blogger Pedro de Paz ha dicho...

Sí, Child, conozco el rumor, pero el parte médico no deja lugar a dudas: fue por una fractura mal curada que amenazó gangrena. Que, por otro lado, no resulta incompatible con que Valle fuese un guarro.

Trancos, sabía del final de Góngora y eso pertenece a la parte fea de la historia. Prefiero quedarme con el cachondeo de "Entre el clavel blanco y la rosa rosa, su majestad... escoja" o el duelo de ingenios de "Yo untaré mis obras con tocino..." una vez comprendido con plenitud el texto y, sobre todo, el contexto (a través de una metáfora de apariencia inocente le está llamando en una misma frase "plagiador", "muerto de hambre" y "judío converso". De lo peor que podían llamarte en la época. Y no porque Quevedo fuese explícitamente antisemita -o que lo sea yo, como apuntaba un anónimo lerdo unas entradas más atrás-, sino con el único ánimo de clavar la puya lo más hondo posible). Jamás vi una explosión de tanta mala leche reunida en tan conciso número de palabras. Maestría dialéctica. Qué envidia.

No hay por qué darlas, amigo Miguel. Fue la entrada de tu blog la que inspiró la mía. La mención es más que obvia y necesaria. Respecto a lo otro, elige padrino y lugar. Yo escojo las armas. :-)

10 de febrero de 2010, 9:05  
Blogger Antonia J. Corrales ha dicho...

Muy bueno Pedro, me ha encantado!!
que lo sepa usted señor.
Antonia J Corrales

18 de febrero de 2010, 8:18  

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