Mentiras completas y verdades a medias



lunes, 9 de noviembre de 2009

Popularidad

Siempre he albergado el convencimiento de que el ser reconocido por los demás a causa de la validez y la calidad de tu trabajo es una experiencia sumamente gratificante. A mí no me ha pasado más que en contadas ocasiones, siempre dentro de ámbitos y contextos muy concretos, literarios las más de las veces, y siempre ha sido una experiencia muy agradable. Pero hoy he descubierto dos cosas: 1), que es probable que no siempre y no en todo momento resulte tan gratificante como había pensado y 2), que la cantidad de maleducados por centímetro cuadrado, si bien siempre ha sido elevada, aumenta cada día de forma alarmantemente exponencial.

Hoy he comido en la cafetería de un conocido centro comercial. La mesa de al lado se encontraba ocupada por cuatro personas. Hasta ahí todo muy normal de no ser porque una de esas personas era un popular actor de cine. El grupo parecía pasarlo bien, hablando animadamente de sus cosas, como cualquier otro corrillo de amigos.

Hasta que rugió la marabunta.

Bien es cierto que la reacción más habitual de la gente que acertaba a pasar por su lado era observarlo con gesto de sorpresa y poco más. Sin embargo, no fueron precisamente pocos los que se arrogaron el derecho a interrumpir su conversación, interpelarlo entre estruendosas voces y reclamarle —no pedirle ni solicitarle: reclamarle— unos minutos de atención. Que si «yo te sigo mucho», que si «no veas como te admiro», que si «me encantan todos tus trabajos»... A todo ello, el aludido sonreía con cara de circunstancia y asentía, dando las gracias continuamente mientras el nivel de impertinencia y mala educación que iba surgiendo a su alrededor rayaba lo obsceno. Si sólo se hubiese tratado de una anécdota puntual, podría haber tenido un pase. Hasta seis soplapollas interrumpieron en distintas ocasiones su comida y la conversación que mantenía. Dos de ellos llegaron a urgirlo sin el menor asomo de vergüenza ni consideración para que se incorporase de la mesa, abandonase a sus acompañantes y accediese a posar con ellos para sendas fotos.

Fue uno de esos vergonzosos momentos —vergonzoso de vergüenza ajena— en el que, a poco que reflexiones y te pongas en el lugar del otro, terminas por comprender perfectamente situaciones como la del vídeo.

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7 comentarios:

Anonymous Intrigado ha dicho...

La admiración varia.No me imagino esa muestra de mala educación ante un músico o un escritor.La televisión tiene un punto de cercanía que propicia esos excesos.

9 de noviembre de 2009, 20:22  
Blogger Pedro de Paz ha dicho...

No te digo que no, Intrigado. Cierto es que me costaría plantearme ese mismo tipo de reacciones hacia un pintor o un escultor. Parece ser que, cuanto más popular es el género practicado, más habituales son esas manifestaciones. Debe ser el efecto-masa o el loor de multitudes. Y precisamente, por ese motivo, en lo de músico no pudo darte la razón. Mira sino a los triunfitos. (¡Ah!, coño, perdón... Que estábamos hablando de músicos...)

10 de noviembre de 2009, 8:53  
Blogger JR Gálvez ha dicho...

Pedro, entiendo perfectamente lo que dices.

Recuerdo una ocasión en la que me tocó acompañar a una estrella del deporte y no te imaginas la piara de putas que se acercaba a cada momento a molestar.

De vergüenza ajena.

10 de noviembre de 2009, 10:54  
Blogger Pedro de Paz ha dicho...

Esa boquita, JR. Que sea la última vez que, en los comentarios de este blog, empleas tan alegremente la palabra "piara".

10 de noviembre de 2009, 19:11  
Anonymous Trancos ha dicho...

¡Es que vosotros los famosos, lo queréis todo, coño! Multitudes que llenen auditorios para oriros cantar, masas ingentes que llenen los estadios para veros jugar, colas kilométricas de lectores para que los firméis vuestros libros, pagar el 24 % de IRPF, sacaros una pasta gansa de derechos de imagen, camisetas, posters, calzoncillos, colonias... que os paguen en vez de pagar, por la ropa que usáis, por frecuentar unos locales y no otros, por contar en la tele a quien os folláis... ¿Y os quejáis porque todo eso no os salga gratis? Pues no señor. Todo oficio tiene sus servidumbres. ¿Por qué os creéis si no que no me he hecho yo famoso aunque la gente me pisotee o empuje por la calle porque no me ve, el camarero en la barra donde no hay nadie más que yo sólo me atienda después de haber quedado reluciente toda la vajilla y el piso del bar como los chorros del oro y si alguna vez diga a una chica "kiss mi beibi" sólo se percaten de mi presencia los gatos? Pues eso: si quieres ser un ídolo tiene que asumir que tus devotos te babeen de arriba a abajo cuando acuden a rendirte pleitesía besándome los pies. Yo, por mi parte, nunca he molestado a un famoso, aunque miento: una vez uno se cabreó conmigo porque compré su libro en una librería, quiso firmármelo allí mismo (no tenía otra cosa que hacer) y yo le dije que no, que aquel libro ya no era suyo sino mío, y que ya le pegaría yo mi "exlibris".

Salud y saludos.

11 de noviembre de 2009, 17:03  
Anonymous Trancos ha dicho...

¡Ah! en una cosa coincidimos el común de los mortales con los famosos. También a nosotros se nos acercan piaras de putas a molestarnos (en ambientes de putiferio, eso sí) aunque yo creo que a los donnadie además pretenden cobrarnos por sus servicios... las muy putas.

11 de noviembre de 2009, 17:39  
Blogger Pedro de Paz ha dicho...

Es que es usted muy suyo, señor Trancos. ¿Qué le costaba dejarle a la pobre criaturica que firmase el libro?. Es usted un insolidario de padre y muy señor mío, que lo sepa. Y como, al igual que el amigo JR, insista en ir diciendo "piara" sin ton ni son, me veré en la penosa obligación de tener que tirarme de los pelos y sollozar amargamente. Avisado queda. ¡Hostias putas ya con los mal hablados!

11 de noviembre de 2009, 17:47  

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