Mentiras completas y verdades a medias



domingo, 5 de octubre de 2008

Recuerdos

Durante el verano de 1987, por motivos que no vienen al caso, tuve la inmensa fortuna de realizar un viaje por la costa oeste de Estados Unidos. Un viaje iniciático en muchos aspectos. Los Ángeles, Monterrey, Santa Bárbara, San Francisco, Las Vegas... Recuerdo aquel viaje y sus anécdotas con mucho cariño. Yo era un pardillo de 17 años y muchas de aquellas vivencias me pillaban muy de nuevas. Recuerdo mi apuro y mi prurito frente a la posibilidad de tener que comunicarme en inglés, una lengua que no era la mía y que apenas chapurreaba, y mi gran sorpresa al comprobar cómo la cultura hispana estaba tan extendida e integrada en la zona hasta el punto de que en todos los lugares terminaban atendiéndome en español. Conservo entre los recovecos de mi memoria entrañables anécdotas al respecto. Recuerdo cómo no podía adquirir cerveza por motivos de edad —aún no tenía los 21— a pesar de consumirla de forma habitual y sin ningún tipo de pudor, trabas o prejuicio en mi país natal. Recuerdo mis esfuerzos por solicitar durante el desayuno un café con leche y un bollo y hacerlo a duras penas hasta que el camarero se percataba de mi origen y mis circunstancias y me espetaba con la mejor de sus sonrisas un «¿Qué desea tomar el señor?» en un castellano tan perfecto que me rompía los esquemas y el alma. Y aún conservo como el más preciado de los tesoros algo que adquirí durante ese viaje: mi gusto por la comida mejicana. Entendámonos. Nunca he estado en Méjico y la primera vez que me deleité con el sabor de la comida mejicana fue en un restaurante de Los Ángeles con lo que tampoco puedo afirmar que la auténtica comida oriunda de Méjico me encante. Pero lo que me vendieron como tal me entusiasmó —eso, la cerveza Coronita y el tequila reposado— hasta tal punto que, una vez de vuelta a España, no ceje en mi empeño hasta probar todos y cada uno de los restaurantes de Madrid en los que se servía ese tipo de gastronomía —que en aquella época (estamos hablando de 1987) tampoco eran tantos—. Tras probar uno tras otro durante un tiempo, al final terminé por encontrar mi propio grial. No podía asegurar que fuese la comida mejicana más «auténtica» pero sí que, de todas las probadas, fue la que más me satisfizo en cuanto a preparación, texturas y sabores. Un pequeño y acogedor restaurante en las inmediaciones de Plaza de España.

Y allí sigo acudiendo desde hace 20 años. Un lugar en el que me encuentro como en mi casa hasta el punto de que el jefe de mesas y yo, tras todo este tiempo, nos saludamos como viejos amigos. 20 años son muchos años. Y durante este tiempo, en aquel restaurante, he tenido ocasión de ver de todo. Desde el paso de personas de cierta fama —recuerdo a Constantino Romero comiendo en más de una ocasión en la mesa de al lado— hasta rupturas de pareja en plena cena. Y si, además de por su tranquilidad, su trato afable y su ambiente acogedor, hay algo por lo que me gusta particularmente ese lugar es porque su apariencia y su aroma permanece invariable con el paso de los años, haciéndome recordar aquellos momentos lejanos en los que aquel tipo de cocina era poco menos que una excentricidad, un placer para paladares avezados y yo, un petimetre con decenas de ilusiones en los bolsillos. Continúa haciéndome recordar un tiempo en el que yo era otro, en el que otras inquietudes muy distintas a las actuales perturbaban mi conciencia. Un tiempo en el que mis sueños se ceñían a aspectos tan peculiares como lejanos ya en el tiempo. Y, aparte de para continuar disfrutando de su excelente cocina, ese es uno de los principales motivos por el cual me gusta seguir acudiendo a aquel lugar: para, de tarde en tarde, recuperar parte de aquella esencia perdida. Para recuperar el espíritu de aquel joven atolondrado, estúpido y soñador que un día fui y al que, a cada día que pasa, me cuesta evocar en cualquier otro contexto. A aquel joven al que, en demasiadas ocasiones, me cuesta reconocer frente al espejo en el que me miro todas las mañanas. Y, por ese motivo, ruego a Dios para que ese lugar no cierre nunca. Que siga allí eternamente. O, al menos, que continúe abierto por mucho tiempo. Todo el necesario. Como digo, para poder recuperar parte de esa esencia ya perdida.

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3 comentarios:

Blogger Antonio Piera. Madrid. ha dicho...

¿Está su restaurante preferido lindante con otro peruano y al lado de las "colas de cocodrilo"?

12 de octubre de 2008, 13:27  
Blogger Pedro de Paz ha dicho...

En efecto, D. Antonio. Soportal con soportal con el peruano que menciona.

Me alegra mucho verle por aquí.

Un abrazo,
Pedro de Paz

12 de octubre de 2008, 13:46  
Blogger Antonio Piera. Madrid. ha dicho...

Me crea o no, me había quedado en su página web y (al menos en la práctica) ignoraba su trabajo en el terreno del blog, por lo que me disculpo y le garantizo un sincero propósito de enmienda.

13 de octubre de 2008, 9:27  

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