Mentiras completas y verdades a medias



viernes, 24 de julio de 2009

Semana Negra 2009. La crónica (IV)

Sábado 18 por la mañana. Como decía Nacha Pop, «la luz de la mañana entra en mi habitación». El día no amanece tan turbio como la jornada anterior, pero tampoco es para tirar cohetes. Nublado con temperatura agradable. El ánimo permanece intacto, blindado, pero los efectos del cansancio, del trasnoche y del ajetreo de varios días consecutivos comienza a hacer mella. Me da pereza levantarme. Tras la ducha y el café de rigor, sin ningún compromiso específico, empleo la mañana en dar un paseo por Gijón. Camino hasta la playa de San Lorenzo y disfruto de la brisa del mar. Me acerco hasta las librerías Central y Paradiso para curiosear un rato. Me encanta perderme en lugares así. A mediodía, me dirijo al Don Manuel donde sé que encontraré al resto de gente. Frente a un vermuth, comparto mesa y conversación con Tristante y Mercedes Castro. Poco a poco van incorporándose Salem, Biedma y los demás habituales. Entre cerveza y amena conversación, la mañana pasa tenue, indolente, menos agitada que las anteriores. Sospecho que, poco a poco, a todos nos va venciendo el cansancio. Decidimos quedarnos a comer en el Don Manuel. Los garbanzos con marisco, bastante sabrosos.

Tras la sobremesa, sobre las cuatro y media, nos subimos al trenecito que conduce a las carpas del festival y, una vez allí, nos acomodamos en la terraza que hay frente a la Carpa del Encuentro —sede del afamado Sobere— remoloneando hasta que comiencen los actos a los que tenemos intención de asistir esa tarde. A las seis y media tiene lugar el primero: la presentación de Un mal día para morir, la excelente novela de la no menos excelente pareja literaria formada por Empar Fernández y Pablo Bonell. Además, la presenta el golfo del Tristante con lo que la coña estaba garantizada. Como así fue.

[Vaya tres patas pa un banco]

Terminada la presentación, me doy una vuelta por la zona de los chiringuitos y me encuentro con dos bellas señoritas que están haciendo entrega en mitad del paseo de un regalo promocional —atentos al dato que, posteriormente, daría su juego y tendría su coña durante el resto del día, la noche y posteriores— a los asistentes a la feria. El presente consiste en un sombrero Borsalino, elemento negro, criminal y gangsteril como ninguno, muy acorde con la situación, la ocasión y el momento. Alborozado, me interno entre la avalancha de solicitantes —ya se sabe lo que ocurre en este país cuando se ofrece algo de gratis—, driblo a una embarazada, zancadilleo a una vieja y estiro el brazo hasta lograr hacerme con uno de ellos. Feliz por la captura, me lo encasqueto y disfruto pensando que mi imagen se asemeja a la de un redivivo Bogart mientras me acerco hasta el lugar donde aguardan mis compañeros de correrías. Lo que los mu joputas no me confiesan en que, en lugar de a Bogart, a quien me parezco de verdad, calado el sombrero y a consecuencia de mis rasgos físicos de marcada significación racial, es al «pápa de la fregoneta». Para mayor escarnio, todos se callaron como putas. Quedó constancia gráfica de la lamentable circunstancia aquí y aquí. Y a renglón seguido.

[Jaaaaa, er payo... mala puñalá te den]

A las siete y media tuvo lugar la presentación de la última novela de Tristante, 1969, acto en el que ofició como maestro de ceremonias el ínclito Biedma. Los dos muy bien, en su línea y con su gracejo habitual. Cabe destacar que, de la sesión de firmas llevadas a cabo in situ tras las respectivas presentaciones, la de Tristante fue de las más nutridas. No me sorprende. Lo cierto es que la novela está bien y del chaval dicen que escribe decentemente —nótese la maldad de escritor envidioso—.

[Si los veis de venir, cuidao con las carteras]

Terminado el evento, nos encaminamos en grupo hacia la caseta de Negra y Criminal para festejar el pre-cumpleaños del entrañable Paco Camarasa —los cumplía al día siguiente—. Tuve ocasión de saludar al bueno de José María Huerga que había estado muy liado ayudando en la caseta de NyC y con quien apenas había tenido ocasión de intercambiar unas pocas palabras —Chema, si sale eso que comentamos de El documento Saldaña, nos forramos, my friend—. Camarasa obsequió a los presentes con vino —no recuerdo la denominación de origen pero estaba bastante bueno—, empanada, chistorra y queso. Terminado el ágape, nos planteamos la posibilidad de volvernos al hotel para cenar. Por desgracia, Biedma aún tenía un par de actos pendientes que lo mantendrían ocupado hasta las diez y media de la noche. Indudablemente, nosotros, como buenos amigos y solidarios compañeros... lo dejamos allí tirado como una colilla —«¡Aaaaah!, se siente. Si te toca, te jodes»— y los Tristantes y un servidor nos marchamos a cenar a La Iglesiona donde coincidimos con Oscar Urra y su familia. Tras la cena, regreso al Don Manuel donde nos reencontramos todos de nuevo. Copas, charlas y las primeras nostalgias que comienzan a aflorar. Al día siguiente todo terminará y da la impresión de que ya lo estamos empezando a echar de menos. Por suerte, el cotarro se anima bastante con la celebración «oficial» —esta vez sí, eran ya las doce y un minuto de la madrugada— del cumpleaños de Camarasa en los sótanos del Don Manuel. Tarta, copas, felicitaciones, juerga y cachondeo. Estábamos allí prácticamente todos, invitados y organizadores: Biedma, Salem, Tristante, Fran J. Ortiz, Domingo Villar, Argemí, Fallarás, David Torres y su guapa acompañante, Cristina Macía, Marina Taibo, los editores de Salto de Página... Incluso la peculiarmente encantadora Fred Vargas, que hasta ese momento se había mantenido en un plano bastante discreto —a excepción de una curiosa experiencia psicofónica ocurrida la noche del jueves y cuya narración omití a propósito puesto que soy un caballero. El que quiera saber más, que le pregunte a Tristante, que no lo es—, se unió a la fiesta con bastante presencia de ánimo. Esa noche, Gijón era una fiesta. Fue una fiesta. Como merecía la ocasión.

[Vaya por Dios, ya me han vuelto a pillar con el vaso de agua en la mano...]

Y así, entre bromas, risas y veras, transcurrió la noche. La última noche en Gijón. El inicio del fin.

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4 comentarios:

Blogger g.l.r. ha dicho...

Mientras escribo, me descojono de risa. Menudos truhanes todos, y menuda coña con el borsalino. La pena es que la semana negra no dure, al menos, un mes, para así poder tener la oportunidad de seguir leyendo tus crónicas. ¿No podrías inventarte alguna, y así prolongar la diversión? Aunque, visto lo visto, a ver quién es el guapo que aguanta un mes de coña y cachondeo
Un abrazo.

24 de julio de 2009, 11:31  
Blogger Samantha Keyela ha dicho...

Gracias por la crónica; se ve que lo pasasteis de muerte y que tenemos autor@s de calité para disfrutar por un tubo con la novela negra autóctona.
Ahora una dieta depurativa para el higadito, que sólo tenemos uno.
Y menuda putada lo del sombrerito, compadre. Pa boicotear a la firma obsequiante X:DDDDD

24 de julio de 2009, 13:04  
Blogger Armando Rodera ha dicho...

Lo que me he podido reir, Pedro!!! Ja, ja, que bueno!!! Me he he estado partiendo de risa mientras leía la entrada y os imaginaba allí a toda la banda...

Lo dicho, de este año no pasa. Habrá que apuntarse a la Semana Negra.

Gracias por hacernos pasar un buen rato con tus andanzas. Un abrazo.

24 de julio de 2009, 19:32  
Blogger Pedro de Paz ha dicho...

Ya me gustaría, ya, pero un mes no hay cuerpo que lo aguante, GLR. Me alegro que te gusten las crónicas, con las que he tratado de transmitir en parte el ambiente vivido. Y poner los dientes largos, qué coño. :-)

Haylos, Samantha, haylos. Es rigurosamente cierto que el género negro vive un buen momento. Particularmente, en España. Lo del sombrerito, sin comentarios. X'-DDD

Hay que apuntarse, Armando. Es como peregrinar a la Meca. Ha de hacerse al menos una vez en la vida (como poco).

Abrazos,
Pedro de Paz

25 de julio de 2009, 11:48  

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