Mentiras completas y verdades a medias



jueves, 23 de julio de 2009

Semana Negra 2009. La crónica (III)

El viernes día 17, los cielos de Gijón amanecieron cenicientos, plúmbeos, cubiertos de jirones grises y macilentos. Los elementos se conjuraban para enturbiar la jornada. Al menos, climatológicamente hablando ya que ni Dios estábamos dispuestos a que se nos estropeara el día. Tras una ducha y un café a la carrera me encaminé a los sótanos del hotel Don Manuel donde se fallaban los premios literarios Semana Negra.

[Fallando los premios]

Llegué con el acto recién comenzado y la expectación aún latente. El asunto estuvo reñido y los resultados definitivos pueden consultarse en la web oficial de la Semana Negra. Baste reseñar que me alegré particularmente por David Torres y Willy Uribe —dos tipos estupendos— y que lo sentí de veras por Oscar Urra, Mercedes Castro y Felix J. Palma que, siendo igual de estupendos, deberán aguardar a otra ocasión. Finalizado el fallo, reunión en la cafetería del Don Manuel comentando la jugada, cada uno con hipótesis propias y alguna ajena. Por allí pululaban, entre muchas otras, las encantadoras Begoña Minguito, Paula Corroto y Marisa Cuyas —no ha faltado presencia femenina de calité en el festival, no señor— y también tuve ocasión de coincidir con Alfonso Mateo Sagasta, con José Manuel Fajardo y de felicitar efusivamente al recién estrenado ex aequo premio Hammett, Torres.

[Fajardo, Mateo Sagasta y uno que pasaba por allí]

[Dos tipos duros. O así]

A media mañana, los Tristantes, Biedma, Rosaura, Sergio Vera y su familia y un servidor de ustedes decidimos darnos un garbeo por Gijón y acercarnos hasta el Elogio del Horizonte. Y allá que nos fuimos todos en comandita, desafiando un viento cuya presencia se hacía más y más recia según nos acercábamos a aquel magnífico e imponente lugar azotado por el milenario océano, una fascinante terra cognita en la que se produce la simbiótica comunión entre las fuerzas del Arte y las de la Naturaleza... Y aunque lo de los monumentos y esas cosas están muy bien y son de carácter sublime y tal, lo nuestro es lo nuestro y nos fuimos cagando leches —hacia un frío que pelaba, coñe— a la terraza de una estupenda sidrería de Cimadevilla llamada El Requexu. La atención, exquisita y la comida, más aún. Plácido receso, con el viento ya aplacado, presidido por más charlas y risas. Momento de relax y disfrute. Excelente compañía. Calma. Paz. Lo necesitaba.

A las cinco, de vuelta a las carpas donde comenzaban los actos previstos para esa tarde. El primero de ellos, en la Carpa del Encuentro, fue la conclusión de la charla Novela negra y Política iniciada la tarde anterior. Acto seguido y en el mismo lugar, presentación a cargo de Carlos Salem del último novelón de la guapísima Cristina Fallarás titulado Así murió el poeta Guadalupe.

[Fallarás y el golfo de Salem]

A las siete de la tarde, el acto estrella, el más ansiado, el que más expectación despertó, el que... Bueno, a lo mejor exagero un poco. A esa hora, en la carpa A Quemarropa se presentó la antología La lista negra. Nuevos culpables del policial español a cargo de algunos de los antologados, a saber: Juan Ramón Biedma, Oscar Urra, Domingo Villar, la genial pareja —literaria, que conste— compuesta por Empar Fernández y Pablo Bonell, Carles Quilez y el que suscribe. El evento también contó con la presencia de los editores de la criatura: Pablo Mazo, José y Daniel. A decir de los presentes, el acto fue ameno, divertido e interesante. Y firmamos aproximadamente unos... unos... estooo... ejem.... y firmamos. Punto. —gracias, Fran J. Ortiz, por dejarnos estampar el garabato en tu ejemplar. Ahí fue donde me congracié contigo—.

[Preparados para comernos el mundo]

[Con la fabulosa Empar y un espontáneo con cara de hippy porrero, después de habérnoslo comido]

Tras otro par de cervezas, vuelta al hotel. Habíamos reservado mesa para cenar en La Iglesiona y allá que nos dirigimos. La comitiva era bastante nutrida y sospechosa: Miguel Cane, Los Tristantes, Biedma, Rosaura, Mercedes Castro, la pequeña Clara, Fran J. Ortiz, Cristina y el de siempre. No nos detuvieron de milagro. Y si la cena estuvo bien, la postcena fue apoteósica. Jero Tristante sacó el animal que lleva por dentro —y algunas veces por fuera— y se reveló, haciendo uso de ese gracejo murciano tan suyo, como un cuentachistes y narrador de anécdotas nato. A mí se me saltaban las lágrimas y me dolía el pecho de tanto reírme y Cristina, en estado de buena esperanza, casi nos rompe aguas allí mismo —«Es que el otro no lo llevo preparao»—. Tras la cena, vuelta al Don Manuel a darle a eso del alterne. Allí volvimos a encontrarnos con Sergio y familia, que regresaban a su tierra a la mañana siguiente dando lugar a lo que serían las primeras despedidas. Creo —estoy convencido— que marcharon a su Cuenca natal con tan buen sabor de boca como el que nos dejaron a nosotros. Así, al menos, lo espero y deseo. Y entre decenas de conversaciones que nos condujeron a altas horas de la madrugada volvió a surgir, siniestra y subrepticiamente, el espíritu de «Y una polla pa ti». El asunto iba tomando cada vez más cuerpo. Y qué cuerpo. Del delito, se entiende

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